Los estrenos de la semana Páginas 40 y 41

«Lo pavoroso es que Escobar era un ser humano»


JUAN MANUEL PRATS

NANDO SALVÀ

Loving Pablo relata el ascenso y caída del señor de la droga más famoso de la historia desde la perspectiva de la que fue su amante, Virginia Vallejo. Para ello se basa en Amando a Pablo, odiando a Escobar, el libro de memorias que escribió esta última, encarnada en la película por Penélope Cruz.

–Usted empezó a pensar en hacer una película sobre Escobar hace más de diez años. ¿Qué fue lo que finalmente hizo que el proyecto se pusiera en marcha?

–Cuando encontramos el libro de Virginia Vallejo sentimos que teníamos un punto de vista idóneo desde el que explorar la figura del narco, porque por un lado esa perspectiva nos permitía una aproximación a su intimidad y, por tanto, a su psicología y sus emociones; y, por otro, que Vallejo fuera una periodista muy conocida y con muchas conexiones nos daba la oportunidad de ofrecer una panorámica tanto del universo criminal que Escobar creó como de las circunstancias de la sociedad en la que una figura así pudo surgir.

–Escobar es un personaje muy complejo y, por tanto, lleno de posibilidades dramáticas. ¿Qué le atrajo principalmente de él?

–Me interesó mucho la magnitud de su historia, que oscila entre los barrios más pobres de Medellín y la Casa Blanca pasando por los Palacios de Justicia colombianos. También me asombró la desproporcionada capacidad criminal de un hombre que no solo ganó cantidades inimaginables de dinero, sino que también fue político y asesinó a líderes políticos. Fue uno de los villanos más inspirados y creativos de la historia. No siento admiración por él, por supuesto, pero sin duda su figura me provoca cierta fascinación.

–¿Cuál fue el mayor reto para trasladar esas sensaciones tan contradictorias que el personaje genera?

–A la hora de enfrentarse a él lo fácil habría sido caer en un extremo o en el otro. Pero lo más pavoroso de Escobar es que era un ser humano como cualquiera de nosotros, un hombre obsesionado por obtener cierto reconocimiento. Primero lo intentó a través de la búsqueda del poder económico; luego, al no conseguirlo, buscó el poder político; y finalmente, al seguir sin lograrlo, recurrió al poder de las armas. Es decir, primero trató de hacerse querer, luego intentó hacerse respetar y por último se hizo temer. Ese fue su drama.

–Hay quien sostiene que el mero hecho de recrear la biografía de un criminal de por sí conlleva algo de justificación o incluso de mitificación.

–No estoy de acuerdo. Como digo, los villanos también son personas, y hay que meterse en sus cabezas y explorar sus psicologías para aprender de ellas, y saber cómo evitar que figuras como Escobar surjan de nuevo. Lo importante, eso sí, es hacerlo con veracidad y honestidad.

–¿Qué impacto tuvo el éxito de series como El patrón del mal o Narcos en la producción de Loving Pablo?

–Siempre he pensado que la magnitud de la historia de Escobar necesitaba de la pantalla grande, y en ese sentido Loving Pablo no tiene precedentes. Es cierto que cuando oí hablar por primera vez de El patrón del mal, que es una teleserie de más de 70 episodios, sentí malestar. Le dije a Javier [Bardem]: «¿Cómo se atreven a hacernos esto?». Pero en seguida dejamos de pensar en ello.

–¿En qué medida es hablar del mundo de Escobar una manera de hablar del nuestro?

–La corrupción no entiende de épocas. Javier sostiene que en ella hay algo muy latino, quizá porque en Suramérica o en Italia o España hay extendida cierta falta de fe en el sistema y el orden establecido. Yo no lo sé. Pero la cantidad de porquería que está saliendo a la luz en nuestro país me tiene perplejo.

–Usted siempre ha hecho un cine muy atento a lo que sucede en el mundo. ¿Cómo se siente hoy en día?

–Es cierto que asuntos como el auge de la extrema derecha son de naturaleza cíclica: estamos condenados a pisar los mismos charcos una y otra vez a lo largo de ese camino circular que es la Historia. A mí hay uno que me duele especialmente. Solemos hablar mucho del muro de Trump, pero el Mediterráneo es un muro mucho más grande, y el comportamiento de Europa con los refugiados deja inequívocamente claro que somos una sociedad enferma.

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