El Independiente

Castigar a los pecadores

José Luis Trasobares

El Supremo ha dejado a Forcadell y los demás miembros de la mesa del Parlament en una situación bien distinta a la que dictó la Audiencia Nacional para los integrantes del Govern que se presentaron a declarar. O sea, que la ley es la ley, o no, o no tanto. Se dirá que los parlamentarios imputados se presentaron ayer ante el magistrado modositos, pragmáticos y deseosos de agradar. Pero... ¿acaso su pecado no fue el mismo que el de sus compañeros enchironados? La gran diferencia es que se toparon con un juez sensato. Por suerte.

Castigar al pecador es una aspiración de todas las religiones (e ideologías) que fundamentan su doctrina en las emociones y la fe asociada a una verdad absoluta e indiscutible. Es el caso actual de las atormentadas Españas, donde la pulsión nacionalista (centrípeta o centrífuga, ya digo) tuvo siempre un fortísimo componente pasional y dogmático.

Castigar al pecador, al infiel, al apóstada, al disidente, al traidor, catalogado como fascista, radical, comunista, franquista o separatista, exige detectar la culpa, la transgresión. No hablo de la Ley (cuya interpretación siempre admite notables diferencias, como hemos visto) sino de los insoslayables mandamientos que cada cual proyecta sobre su entorno social. Muchos unionistas, que se consideran a sí mismos constitucionalistas (aunque no lo son) no solo quieren que los líderes del independentismo catalán estén en la cárcel por mucho tiempo, sino que prohibirían los partidos u organizaciones que cuestionen la integridad de España. Muchos seguidores de Puigdemont y Junqueras (que se tienen por demócratas aunque tampoco lo sean), barrerían del mapa a los de la rojigualda y expulsarían o reducirían al silencio a quien osara llevarles la contraria.

El afán por castigar a los pecadores puede convertir a las víctimas en verdugos y viceversa. Los cristianos de la antiguedad, tras haber sido perseguidos por su fe, martirizaron con igual saña a los idólatras una vez que los emperadores de Roma convirtieron su credo en religión oficial. Lo llaman penitencia.

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