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Cultura

El eco de una imagen

ALFONSO HERNÁNDEZ22/08/2018

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Lo que el Papa ve

/ Marcan sus labios una gentil sonrisa perfilada por la sinceridad, por la serenidad de hombre de Dios y, sobre todo, de dioses menores, de ciudadano libre de cargas divinas y humanas por un instante (si esto es posible en Palermo; si esto es posible para alguien que descansa cuando el agua de los ríos se detiene). En este imagen solo hay dos ojos. Radiante de fe el de ella; bordado de paz profunda el de Francisco. Mira el papa el smartphone pero se percibe una profundidad de campo mayor. Enfoca un lugar que traspasa la fotografía y las religiones, que apunta al corazón del observador observado, a quien parece lanzar una pregunta que no es necesario responder; una invitación que no es obligado aceptar; un dulce reproche sin el impuesto de la penitencia. Entre luces y sombras, como buen creyente, se introduce en el laberinto de cada uno de nosotros, paseando descalzo, acompañándonos entre sirenas extraviadas, unicornios desconcertados y esa legión de fantasmas que nos acechan a diario por los rincones del alma. Sin perder la calma, ofreciéndose de faro, mostrándose como una goleta más a merced de los vientos, dispuesto a naufragar en la misma roca. Transmite santidad para todos los públicos, sin prometer más milagro que esa sonrisa que todo lo ve y nada impone. Si acaso, que luchemos por capturar la felicidad aunque dure lo que un selfie. FOTO: REUTERS/Tony Gentile
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La gran inquietud

/ Luce orgulloso el agricultor, cuya camisa ya de por sí es una colorida huerta, con el repollo de 30 kilos que ha brotado en la campiña de Harrogate, en el condado de Yorkshire del Norte. Yorkshire deslumbraba hasta ahora en el mapa de nuestras vidas por su terrier, perro faldero de compañía de famosas de todo tipo de pelaje. También por su excelente abono para la siembra de músicos y grupos tan notables como Joe Cocker, The Housemartins, The Cult, The Human League, Pulp, Kaiser Chiefs o Arctic Monkeys, quienes antepusieron el estudio de grabación al tractor o la peluquería canina para labrar sus destinos. A partir de ahora será casi imposible mirar hacia el Norte de Inglaterra sin recordar a Ian Neale, ese hombre que subió a una colina y bajo de una montaña con semejante vegetal. Porque lo gigantesco despierta en el ser humano una tremenda admiración. Lo físicamente grande gana no pocas batallas de interés general a la suprema inteligencia. Si este repollo hubiera sido la ópera prima de algún pintor flamenco de bodegones, seguramente se habría muerto de hambre intentando colocarlo en la corte. Pero visto al aire libre y en intencionada comparación de medidas con su autor, adquiere el engendro vigor visual y genera cierta inquietud: ¿acabarán sus hojas en el puchero o, como ocurría con aquellas vainas de Don Siegel en 'La Invasión de los ladrones de cuerpos', seremos su alimento replicante nosotros, Arctic Monkeys y los terrier y sus famosas? FOTO: Peter Byrne/PA
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Títere del olimpo

/ Bob Bowman podría volar gracias a una cometa sobre una playa de Virginia. No hay por qué dudar de la fotografía pese a que el encuadre dispare el obturador de la imaginación. O de una realidad paralela y tan cierta como la original. Saluda, intrépido, la proximidad del huracán Florence, que es lo mismo que decir que está retando a los dioses, gobernadores de la naturaleza humana y, a la vez, gentiles patrocinadores de debilidades compartidas como la osadía. Suspendido en la nada, en el todo, cree columpiarse de la mano de Zeus, cielo y trueno, para vivir una aventura que persigue la inmortalidad efímera, el placer de balancearse lo más cerca posible del recolector de nubes. El fin es sentirse único, contemplarse todopoderoso desde el punto más alto de la vulnerabilidad. Los cíclopes, sin embargo, se aproximan con su batería de relámpagos para hacerle saber que su tiempo de héroe, de sultán del aire, pende del mismo hilo del resto de los mortales. Pobre Bob. Pobre trapecista sin red, títere del olimpo. FOTO: ALEX BRANDON (AP)
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Aria en la cabina de las maravillas

/ Una cabina telefónica de indudable raíz británica reconstruida como biblioteca en Long Clawson... La pequeña Aria Casey, de 2 años, disfruta dentro, aún ajena a otra cosa que no sea sonreírle a la vida, jugando sin dificultad a ser niña en ese jardín de sabiduría compacta en forma y fluida en los meandros de sus estanterías. Los libros, que sin apenas espacio para respirar se intercambian caricias, le abrigan y sus hojas le susurran. ¿Es posible que un conejo blanco vestido con chaqueta y chaleco esté invitándole a seguirle? Solo ella puede verlo en ese minúsculo país de las maravillas. En este santuario de la fantasía y el ingenio se escuchan las voces de Virginia Wolf (“Madurar es perder algunas ilusiones para empezar a tener otras”), Charles Dickens ("Un corazón que ama es la más verdadera de las sabidurías"), William Shakespeare ("Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero"), Lewis Carroll ("La regla es mermelada mañana y ayer, pero nunca hoy") o Lord Byron (“El amor es lo único que hay que ganarse en la vida, todo lo demás se puede conseguir robando”). Suena una llamada en la cabina. Al otro lado de la línea, George Bernard Shaw: "El hombre no deja de jugar porque se hace viejo. Se hace viejo porque deja de jugar". Aria le pide a su madre ir a los columpios. FOTO: REUTERS / Darren Staples
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No es para tanto

/ Nos tomamos la vida tan en serio que por momentos lo parece. Todo adquiere a nuestro alrededor categoría cósmica, de igual manera para elegir un bote de champú que pareja para el resto de los días con sus noches y ronquidos incluidos. ¿Somos para tanto? ¿Trascienden nuestros actos más allá de esta ladera en Cangas de Onís donde las vacas pasean sin preocupación freudiana alguna? A esa postal se ha sumado el ciclista, que posa cual pensador tubular de Rodin inmerso en sus reflexiones, lo que le da a la postal un tonalidad de paz budista no exenta de misticismo rural. El corredor ha decidido detenerse, pero no hay misterio en su rendición: ha hallado sentido a su existencia, que consiste en formar parte de un paisaje elegido así el pelotón lo olvide en busca de una gloria que nunca le interesó demasiado. El hombre y el animal conviven ajenos y sin embargo entrelazados por la franqueza del desinterés por lo rimbombante. ¿Por quién doblan las campanas? Jamás lo harán por el champú seleccionado. FOTO: AFP/ Miguel Riopa
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Un traje intocable

/ A finales de mes van a subastar en Londres el traje con el que Christopher Reeve dio vida a Superman en las películas de 1978 y 1980. Si ya llegamos a esto, la humanidad está definitivamente perdida. Es cierto que el esquijama que lucía el actor neoyorquino ha perdido glamur en comparación con las armaduras tridemensionales y mutantes de los superhérores actuales. El cinturón de plexiglás y el eslip --prenda que por cierto muestra sin tapujos alguno de sus poderes-- chirrían hasta povocar dentera y no tendrían un pase por la París Fashion week. Pero la capa desprende un señorío atemporal en el conjunto de esa iconografía del bien universal y, en definitiva, justifica el resto del estilismo --botas Abba incluidas-- por muy desfasado que nos parezca. Además, ¿qué ocurriría si Lex Luthor se lleva la puja? Deberíamos dejar en el perchero de lo intocable esta indumentaria (por qué creen que llevan guantes los operarios). Siempre habrá un Clark Kent dispuesto a cruzar la ciudad en un santiamén de esa guisa para bajar un gato de un tendido eléctrico, evitar que un anciano sea atropellado o detener un meteorito en dirección al Boston Herald. Si esto último es posible. FOTO: REUTERS/Toby Melville
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El imperio del sol naciente

/ Bueno, pues aquí estamos cariño... "¿Te acuerdas?" "¿De qué?", balbucea ella mientras repasan los álbumes de su vida entrelazada dentro de una escenario muy propio para la ocasión. "De cuando...." Y se hace el silencio entre la pareja más longeva del mundo, un universo comunicado por los raíles de la convivencia, por donde circulan a mucha más velocidad los recuerdos que las palabras, las miradas perdidas que se encuentran en tantas estaciones en común. Masao Matsumoto y Miyako Matsumoto se dejan fotografiar en una casa de reposo en Takamatsu, Japón. Una imagen en la que él posa con firmeza distraída y ella con atenta ternura rosa. La instantánea, tomada como fenómeno social y genético, no lo cuenta todo (imposible un objetivo que abarque ese campo de profundidades). Es una postal con pinceladas de hermosas victorias (o no tanto) contra el reloj vital y las relaciones exprés. ¿"Me amas?", pregunta ella sin que una sola sílaba salga de su boca. ¿"A qué hora se merienda?", contesta él. Son ya una sola memoria con la única necesidad de una única respuesta: descubrirse el uno frente al otro cada día en el imperio del sol naciente. FOTO: REUTERS
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El milagro

/ En esta fotografía de foco mesiánico, con Cristian Álvarez caminando entre aguas e ilusiones zaragocistas antes de un partido, hay diferentes lugares en los que reposar la atención. Inevitable centrarse en la figura del portero, cuyas manos se abren en cruz para sentir el cariño y la admiración de los fieles seguidores de su doctrina deportiva. Paz y amor dice su sonrisa, la de un líder espiritual atemporal (coetáneo de Cristo y heredero de John Lennon), sencilla divinidad con los pies en la tierra siempre que la jugada no le obligue a levitar de palo a palo, a obrar milagros cada fin de semana. En la misma imagen, la bandera ondea con el escudo como palio sobre el paso del santo rockero. La imagen pertenece a Ángel de Castro, pero el alma de la captura desprende el misticismo de una obra de Zurbaran. En la parte inferior, a la derecha de la instantánea, se amplían las lecturas, los significados. Un niño, pulcramente equipado con el traje del Real Zaragoza, alarga su brazo de tierno pero convencido discípulo. La palma de su mano derecha viaja para encontrarse con la del futbolista mientras un pariente le contiene la izquierda para que no pierda el equilibrio. Podría interpretarse que el pequeño no ha logrado tocar a su ídolo, pero su rostro soleado explica lo contrario: la aureola de Cristian ha calado en su corazón de cachorro. FOTO: ÁNGEL DE CASTRO
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La fotografía de un país

/ España siempre se ha lavado las manos con la Venezuela de Maduro, o si se ha tirado a la piscina lo ha hecho sin mojarse un pelo. Al margen, claro está, de esa comunión fenicia del progresismo morado con un regimen insostenible por los cuatro costados. La 'octava isla', donde miles y miles de canarios y de otros lugares de la península fueron en busca de fortuna (y la consiguieron) en la década de los 50, es hoy un país devastado con el que los políticos españoles mercadean votos de los descendientes y ventajas para las empresas muy bien instaladas en la república. El pueblo rico que acogió busca hoy, pobre, refugio en cualquier rincón de América Latina. El bolívar que un día tuvo una cotización paritoria con el dólar estadounidense, es moneda insultante. Ese pollo se cuatro kilos y medio que observan en la fotografía tiene tras de sí su coste en forma de billetes: 3.991.700 bolívares. Si el salario integral ha ascendido 2.555.500, no da ni para mil gramos. Que no lo rellenen con más mentiras ni intereses. La gente pasa hambre, Maduro. FOTO: REUTERS
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La trinchera de la dignidad

/ Hay guerras que se libran contra el enemigo y otras, además, que se emprenden en la trinchera de la dignidad. Este palestino discapacitado utiliza una honda para arrojar piedras a las tropas israelíes en Gaza. Amputada su patria y sus piernas, dibuja la sonrisa del esfuerzo en tierra de nadie para ensanchar las fronteras de su pueblo. Mientras el resto enarbola banderas y celebra el combate, David reta en solitario a Goliat convencido de la victoria sobre una silla de ruedas que ignora. No hay arma de mayor alcance que la convicción de que se lucha por algo justo. FOTO: REUTERS
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Pasión entre las ruinas

/ El estudiante mantiene la mirada clavada en la pizarra de la devastada escuela de Aal Okab en Saada, Yemen. Todo a su alrededor es destrucción y, sin embargo, como ausente, busca una respuesta, quizás el resultado de una ecuación imposible: el porqué de la condición animal del ser humano. Su quietud, sin embargo, parece la de alguien ajeno a este mundo, erguido y deslumbrado por esa poesía sobre el amor de Nizar Qabbani que se le ofrece agonizante de trazos apasionados. "Entre tus pechos hay aldeas incendiadas, millones de fosas, restos de barcos hundidos y armaduras de hombres asesinados. Ninguno de ellos ha regresado. Todos los que pasaron por tu pecho desaparecieron" (Pasión) FOTOGRAFÍA: UNICEF
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Fuera de control

/ Así es la vida. Un día estás en lo más alto o en una cima social más o menos elevada y, en un abrir y cerrar de ojos, sientes que has perdido el control sobre ella. Las decisiones que antes tomabas entre la algarabía, el respeto o la sumisión general a tu alrededor, ahora son una cuestión de otros, y cuelgas, como esta vaca suiza, en un vacío de incertidumbre. La pobre está lesionada y la trasladan en helicóptero hacia zonas de pasto. Llega un momento en que somos animales heridos por nosotros mismos, por el tiempo o por los designios de la jefatura en formato de destino y no queda más remedio que dejarse llevar hacia la dorada reserva. Eso sí, si aún das leche merengada, porque de lo contrario te dejarán caer en algún lugar del valle de los inservibles. Y si te ha dejado tu novi@, te jodes, o te creías que esto era para siempre Christopher Lambert. La inmortalidad es aire. FOTO: URL FLUEELER (AFP)
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El photocall de la dictadura

/ La polvareda que está levantando la exhumación de los restos de Franco y la intención del Gobierno de buscar al esqueleto del dictador un lugar "digno y respetuoso" para la sepultura si su familia no se hace cargo del muerto, no oculta que la mole del Valle de los Caídos tuvo su gancho para bastantes famosos. Una vez levantado para gloria de los vencedores, el régimen sacó buen partido propagandístico de su monumento insignia. Pocos políticos, deportistas y personajes populares de todos los ramos y nacionalidades se resistieron a la invitación de posar frente a la basílica y su cruz. Lorne Greene, el actor protagonista de la serie Bonanza; la actriz de Pipi Calzaslargas, la pareja de la serie Los Roper; Nixon; Di Stéfano… Paquito Fernández Ochoa, ganador del oro en los JJOO Olímpicos de Invierno de Sapporo 72, dio un paso más y se casó dentro. Y aquí, en la foto, que data de 1966, tenemos a Pelé, Joao Havelange y al bello Luiz Bellini, uno de los mejores centrales de la historia del fútbol brasileño, el día antes de que la canarinha jugara un partido amistoso contra el Atlético de Madrid en su preparación para el Mundial de Inglaterra. O Rei y la delegación debieron pensar que el mausoleo tendría cierto parentesco con su Cristo del Corcovado de Río de Janeiro. Con un pequeño matiz a favor de una de las siete maravillas del mundo moderno: en la estructura elevada en su país no reposa un sola gota de sangre derramada ni por las balas ni por la construcción. Dentro de unos meses perderá el encanto fascista de acoger en su seno al pequeño generalísimo, aunque conociendo un poco este país, no se puede descartar que sus fans le construyan un Graceland a la medida. Con photocall incluido. FOTO: EFE
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La novia cadáver

/ Esta mujer prueba un ataúd en Japón. Así, tan risueña y bien puesta. Verificando si las medidas de su última morada se ajustan a las suyas antes de adquirir la caja de pino (por cierto, muy de Ikea). Puede que sea una costumbre oriental, donde no se deja al azar ni el nacimiento del Sol. Tan ancha y larga se diría que está dando su aprobación a familiares y amigos. Que sí, que la eternidad se hace larga y no es cuestión de tener las piernas encogidas. Su gesto, sin embargo, contiene una mueca de angustia, con esa mano amenazante con cerrar las compuertas y adelantar el funeral como demostración completa del vendedor. La modelo se teme lo peor, y no es el precio. Porque una cosa es ensayar con el vestido de novia y otra bien distinta posar dentro de un traje sin devolución. FOTO TOTU HANAI (REUTERS)
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El manantial de la vida

/ La infancia es la patria de la libertad, un vuelo sin motores, el amanecer refrescante, el paraíso de los juegos eternos. Cada paso es un descubrimiento y el calor, un motivo para la mayor de las aventuras: cruzar el espacio desplegando las alas de la ilusión por lo mínimo, por lo sustancial, por el agua que nos da y alegra la vida. Manantial perenne al que siempre regresamos. FOTO: HEINZ-PETER BADER REUTERS