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Bernard Plossu, la inmensidad en formato de daguerrotipo

El fotógrafo francés expone sus desiertos en Montemuzo y en Spectrum.

ROBERTO MIRANDA ZARAGOZA ROBERTO MIRANDA ZARAGOZA 29/11/2006

Descubrió desde muy joven, en sus años americanos y reflexionando sobre la obra de Corot, que frente a una geografía sin límites sólo cabía hacer fotografías pequeñas. El fotógrafo Bernard Plossu (Vietnam, 1945) abre simultáneamente dos exposiciones en Zaragoza: en el Palacio Montemuzo y en la Galería Spectrum Sotos, y en ambas aparece el desierto (africano, americano o almeriense) bajo el epígrafe general de Los jardines de polvo. Desiertos desnudos, apenas una línea que marca el perfil de una duna, o encrespados, en sombras atropelladas; pálidos o remarcados.

Ya sorprende, de salida, el tamaño diminuto de las fotos: 11,4 centímetros por 7,6 centímetros, como un daguerrotipo de cuarto de placa, formato que él considera como la dimensión perfecta. Dice que los inmensos espacios, condensados así, llaman a la reflexión.

"Los americanos (Ansel Adams, por ejemplo) hacen las fotos muy grandes. Tienes que alejarte un poco para verlas bien. Pero el desierto, que es tan inmenso, es íntimo. Y para mostrarlo de verdad, ensayé en lo pequeño".

Bernard Plossu, que a los 13 años descubrió el desierto en un viaje con su padre por el Sáhara, notó que el viaje mismo es la dimensión mayor de la fotografía: "cuanto más lejos se va, se encuentran más lugares a donde ir aún más lejos".

Y ha dejado esos paisajes insinuados, sugeridos más que proclamados, que "invitan a acercarse, atraen a la gente y ya no es la foto la que te come, sino que tienes que entrar. Soy muy fiel a esta idea de miniatura, es mi manifiesto fotográfico".

PREMIO NACIONAL

Plossu ha sido galardonado con el Premio Nacional de Fotografía en Francia (1988), el mismo año en que el Centro Pompidou de París le dedicó una exposición retrospectiva, pero aún no ha logrado que ese país le reconozca como ciudadano por una serie de barullos burocráticos (nació de forma accidental en Vietnam, de padres franceses), pero señala que "la idea no es ser reconocido, sino luchar para ver y ver para entender".

Plossu ponderó el gran trabajo artesano y anónimo de los casetones del techo de Montemuzo, igual que "esos caminos por la sierra que parecen naturales y han sido trazados por andantes anónimos durante años y años". Indicó que su fotografía era hija de ese cine de la Nouvelle Vague de los 50 y los 60 del siglo pasado, que era una manera de caminar con una cámara a la espalda y donde "nadie sabe dónde está la magia, porque una foto es una foto y no hay truco". Ayer, sin su pequeña cámara, confesó que se sentía como "un poco más ciego".

Bernard Plossu aludió a un tipo de geografía mística en la que adquirimos conciencia de habitar un mundo lleno de significado. Lleva una cámara pequeña, con un objetivo del 50 y una película de 400 assas: "Los desiertos los tengo en blanco y negro en la cabeza", aunque no desdeña el color en otros paisajes. "Lo difícil es saber elegir en los contactos. Ahí te llevas la sorpresa. A veces eliges imágenes que captaste sin verlas, que fueron más rápidas que tú".

Estarán expuestas hasta el 4 de febrero. Julio Álvarez, de Spectrum Sotos, explicaba ayer que las fotos de Plossu requieren una lenta contemplación para entenderlas y que deben verse todas ellas como una totalidad.

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