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Los ganaderos aragoneses, expectantes ante las normas

Les preocupa que las indemnizaciones no se paguen con la debida celeridad . No están seguros de que las vallas sirvan de mucho, salvo si son muy altas

F. V.
16/07/2017

 

Los ganaderos de Monegros se hallan expectantes ante las iniciativas que está desarrollando la Administración autonómica para hacer frente al desafío que representa la llegada de un primer lobo a Aragón tras llevar décadas erradicados. El cánido, que procede de Italia (no es un lobo ibérico), ha matado a 354 reses ovinas desde que irrumpió la pasada primavera en la sierra de Alcubierre.

«Por lo que he leído, para poder demostrar que las ovejas han muerto atacadas por el lobo los técnicos tienen que recoger cuanto antes los restos orgánicos que hallan en el lugar donde se han producido, pero eso solo es posible si se hace muy deprisa», explica un ganadero de la comarca que prefiere no dar su nombre. «Si se tarda, llegan los buitres y se comen todo», añade.

La DGA está elaborando un borrador en el que recogerá la forma de gestionar la nueva situación. Mientras eso llega, se han redactado unos protocolos para que los afectados sepan cómo actuar en asuntos como la reclamación de daños y la protección de sus rebaños. La Administración se compromete a pagar los primeros y a ayudar a los ganaderos en la instalación de vallas y cercas especialmente diseñadas para evitar que el lobo entre en los apriscos.

CORRALES DE PIEDRA

«Para que resulten de alguna utilidad, las vallas habrán de medir más de un metro y medio, pues, si no es así, el lobo las salta sin ningún problema», advierte el citado ganadero. En su opinión, debería iniciarse una actuación para recuperar los corrales dispersos por el monte, que en su mayoría «están totalmente en ruinas por el expolio que han sufrido estas últimas décadas».

«Si el ganado se guarda en una construcción de piedra, no hay lobo que entre», afirma el ganadero. «Al ganado que duerme en el monte no hay manera de protegerlo debidamente, pues a menudo está lejos de los pueblos y se mueve por un espacio tan amplio que es materialmente imposible vallarlo», añade.

Piensa esta profesional de la ganadería que los vallados metálicos y los pastores eléctricos no pueden contener a un animal con la fuerza y la astucia del lobo. «Esas vallas no son suficiente defensa ante ellos», subraya.

Respecto al cobro de compensaciones, los ganaderos parecen confiar en los seguros que, en algunos casos, contratan con compañías privadas más que en las promesas de la Administración autonómica. «Que yo sepa, la DGA aún no ha pagado nada por los daños causados por el lobo en Monegros», asegura el ganadero.

PÉRDIDAS

En cualquier caso, los propietarios de reses quieren que el sistema de pagos que finalmente se arbitre sea rápido y eficaz. «No sé qué se piensan en la DGA», dice el ganadero. «Muchos de nosotros estamos pagando hipotecas, tenemos que hacer frente a muchos gastos, y los daños del lobo pueden conseguir que nuestras explotaciones no sean rentables pese a todos nuestros esfuerzos», explica.

El ganadero quiere que la Administración tenga en cuenta que los perjuicios que causa el cánido son muy variados. «No solo es que maten una oveja o dos o 20, lo peor es que dispersan los rebaños, hieren a muchos animales y lo normal es que las que están preñadas aborten por el estrés que les produce el ataque», comenta.

El lobo, asegura, se caracteriza por su crueldad. «Desgarra de un zarpazo el cuello de la oveja o el cordero y te los encuentras así cuando vienes por la mañana al redil», indica el ganadero. De esta forma, las pérdidas se multiplican.

Los habitantes de Monegros creen, mayoritariamente, que en las ciudades se tiene una visión equivocada del lobo. Para ellos no es una pobre bestia arrinconada por un mundo cada vez más urbanizado. Más bien piensan que es un vestigio de tiempos pasados que no debería volver a campar a sus anchas en Aragón. Conscientes de la cada vez mayor conciencia ecologista de la población en general, no pedirán su exterminio, pero sí que se actúe con firmeza y se haga todo lo posible para que la comunidad no se convierta en un lugar donde cada vez cundan más los cánidos.

Ese panorama, sostienen, sería un verdadero mazazo para un territorio despoblado y desatendido. «Si los rebaños dejan de ir a pastar al monte, la maleza se apoderará de muchas partes y habremos perdido un hábitat que ha costado mantener», dice el ganadero.