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La memoria de los europeos

Nuestra historia ha de leerse como un paisaje heredado, colectivo y cambiante, donde nos reencontramos.

GLORIA SolerGLORIA Soler
16/06/2007

 

La celebración del 50 aniversario de la firma del Tratado de Roma, que supuso el inicio de la construcción europea, ha coincidido con un reavivamiento del debate sobre la responsabilidad histórica de sus ciudadanos. Este resurgir del debate histórico es objeto de la constante y necesaria reflexión de los historiadores sobre los límites de su disciplina que, tal y como ha denunciado Enzo Traverso, se enfrenta hoy en día a los obstáculos derivados de la confusión entre memoria e historia. En efecto, mientras el estudio de la historia aspira a la máxima objetividad, lo que le lleva a distanciarse de los sentimientos subjetivos, el concepto de memoria histórica, surgido en los años 60, se encuentra sometido a las continuas reinterpretaciones del presente, donde se mezclan lo político y lo privado.

Si quieren conservar su autonomía, los historiadores deben mantenerse ajenos al culto religioso de la memoria y rechazar el papel de sumos sacerdotes que les quieren asignar aquellos colectivos interesados en salvaguardar un determinado pasado. Igualmente, su función no debería inmiscuirse en el turismo de la memoria, interesado en obtener beneficio de esta demanda. Además, el trabajo historiográfico exige de los gobiernos europeos la correcta disposición y el libre acceso a los documentos.

Pero las turbulentas aguas del pasado europeo no solo son agitadas por los historiadores, sino también por los estados. En su primer día al frente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy anticipó una medida legislativa dedicada a la memoria de la resistencia francesa a la ocupación nazi, y anunció que, en todos los institutos de Francia, al comienzo del próximo curso, sera leída una carta de despedida escrita por un joven comunista de 17 años que fue ejecutado por los nazis en 1941, y en cuya posdata se lee: "Sed dignos de nosotros, de los 27 que vamos a morir".

En la Polonia de los gemelos ultraconservadores Kaczynski, el Instituto de la Memoria Nacional investiga el pasado de los ciudadanos que, entre 1945 y 1989, sobrellevaron como pudieron el régimen comunista que dirigía el país, especialmente de aquellos a quienes considera "falsas figuras de prestigio".

EN ESPAÑA,el Gobierno de Rodríguez Zapatero aprobó, en el Consejo de Ministros del 22 de junio del 2006, el proyecto de la ley de la memoria, que se encuentra pendiente de su remisión a las Cortes. También el presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, ha impulsado una revisión del pasado, que ha conducido a la aprobación por unanimidad en el Parlamento de un Día de la Memoria y el Perdón por los crímenes y excesos del fascismo, del comunismo y contra las minorías lingüísticas de Trieste y los Balcanes.

Al margen de estas y otras medidas políticas, que por responder a una demanda colectiva de memoria algunos considerarán de conveniencia o hipócritas, y otros, débiles, tardías, mediáticas, exageradas o de plena justicia, la responsabilidad histórica de los europeos es un elemento que se mueve al ritmo de nuestra civilización, que nos concierne a todos y gracias al cual accedemos a ser ciudadanos. De ahí que, en determinados momentos y a pesar de que ello pueda resultar contrario a nuestros intereses, a todos se nos convoca a ejercerla.

Así lo hicieron, públicamente y asumiendo todas sus consecuencias, Hannah Arendt (1906-1975) y Günter Grass (1927), dos intelectuales alemanes de trayectorias diametralmente opuestas. La primera, de origen judío y exiliada en Estados Unidos, se atrevió a contradecir el relato consensuado del Holocausto judío y criticó algunos aspectos de la actuación de los suyos, y a escribir que no tenía sentido hablar de culpa o de inocencia colectiva, porque la culpa solo concierne al individuo como tal, "alguien dispuesto a renunciar a las convicciones, al honor y a la dignidad humana a cambio de una pensión y una existencia segura".

EL SEGUNDO, al final de su carrera literaria y tras recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y el Nobel de Literatura, confesó su pertenencia a las SS durante su juventud, lo que cosechó los reproches de la crítica. A estas figuras hay que sumar la del Nobel de Literatura Orhan Pamuk, cuya denuncia del genocidio armenio, el otro gran Holocausto europeo, nunca reconocido por Turquía, le valió el exilio en Estados Unidos.

La historia europea ha de leerse como un paisaje colectivo heredado y cambiante, donde a los ciudadanos nos es posible reencontrarnos una y otra vez con nuestro pasado de guerras coloniales, de violencias totalitarias y de guerras civiles, como la española.

Nuestra responsabilidad consiste en lograr que este territorio memorístico común siga siendo uno de nuestros principales activos, aquello a través de lo cual nos podemos explicar el mundo.

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