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Análisis

El pacto del Agua no tiene quien le escriba

 

Cristina Monge Cristina Monge
16/07/2017

Se nos pasó. O al menos, a mí, se me pasó. Si no es porque Jaime Armengol, director de este periódico, me lo recordó al pedirme estas líneas, confieso que en ningún momento fui consciente que el 30 de junio se cumplieron 25 años del Pacto del Agua de Aragón.

No será porque no hemos invertido horas en él: en debatir, en analizar con expertos, en contar los problemas que la construcción de muchas de sus obras - las más emblemáticas- podrían suponer para los ríos, los valles inundados, los afectados, y para el conjunto de Aragón. Horas invertidas con Coagret, con la Fundación Nueva Cultura del Agua y con técnicos cualificados de las administraciones en buscar alternativas con las que solucionar las reivindicaciones de agua de territorios que llevan décadas viviendo de las promesas del regadío que nunca llega sin que eso supusiera estrangular los ríos, inundar los valles y enterrar pueblos enteros. Meses de trabajo desde ECODES para que la Iniciativa Social de Mediación, pilotada por Nacho Celaya, Jose Luis Batalla y Victor Viñuales - junto con un amplio elenco de personas de la sociedad civil aragonesa-, consiguiera que afectados y regantes llegaran a acuerdos. A veces, como en el caso del Matarraña o el descartado embalse de Santaliestra sustituido por San Salvador, con éxitos que ya son realidad. Otras veces, sin soluciones acordadas, pero con la seguridad de haberlo intentado.

Si se nos ha pasado tan importante efeméride probablemente sea por la contundencia que tienen las cosas que caen por su propio peso. La sentencia de la Audiencia Nacional que ha anulado el anteproyecto del embalse de Biscarrués es la gota que colma el vaso de una política del agua periclitada. Quedan conflictos pendientes, como el del recrecimiento de Yesa, que probablemente corra una suerte parecida.

La aprobación de la Directiva Marco del Agua en el año 2000 cambió drásticamente la política del agua en Europa: Los ríos dejaron de ser considerados meros canales de un recurso productivo para entenderlos como un activo ecosocial, un ecosistema con una lógica propia que necesita preservarse y convertirse en el primer usuario de sí mismo. En esto se ha basado la Audiencia Nacional para paralizar el anteproyecto de Biscarrues. Es así de sencillo.

Además, en un buen número de casos los ríos se han convertido en auténticos motores económicos de zonas de montaña - como en el caso de las empresas de rafting en la Galliguera-, y que el panorama de la agricultura en un mercado globalizado y en un contexto de escaso relevo generacional ha cambiado drásticamente.

En este contexto, ¿no parece algo arcaico y extemporáneo hablar del Pacto del Agua? Quizá por eso yo ni recordé la efeméride. Por eso, o por las olas de calor cada vez más frecuentes que nos trae el cambio climático, y que, por cierto, también están secando nuestros ríos.