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Una vuelta por el deporte aragonés /
REPORTAJE

En el reino de los Mallos

Make Palacín e Ignacio Cinto son dos montañeros de Ayerbe que en su madurez sigu

R. MARTÍR. MARTÍ
18/02/2007

 

En su infancia, Ignacio Cinto era un gran aficionado a la lectura. "Acudía con frecuencia a la biblioteca de Ayerbe. Era un apasionado de los libros de aventuras, de montaña y de expediciones". Su enamoramiento con la montaña fue progresivo. Cuando jugaba con su amigo Toño Ubieto en las eras del pueblo sabía que cuando fuera mayor conocería el Himalaya. En el 83 fue el primer aragonés en subir un ochomil. Fue el Hidden Peak en el Karakorum junto a un grupo de amigos de Peña Guara.

Con 20 años, Cinto era un joven atípico. Le gustaba más el monte que la juerga. "Empezamos a salir por la Sierra de Loarre para huir de las malas marchas de Ayerbe", dice Cinto. Desde la cima de aquellas montañas se veía el Pirineo. "Con 18 años Ubieto y yo teníamos claro que queríamos ir a montañas muy altas y lejanas".

Su segundo amor fue una chica de Huesca, Make. La conoció en el canfranero un fin de semana. "Creo que ese día se produjo una conjunción de los astros. Yo subí en la estación de Ayerbe y ella estaba sentada con sus amigos. Ambos ya pertenecíamos a Peña Guara y ese fin de semana queríamos subir el Anayet". Pero el flechazo tardó en llegar tres años. Se casaron por la iglesia en el año 80. "Ella es muy religiosa. Yo sin embargo, creo a mi manera", dice Cinto.

Make Palacín era una chica delgadita, curtida y fibrosa y conoció el Pirineo gracias a las monjas del colegio de Santa Ana de Huesca. "La primera vez que vi el Pirineo al natural fue desde la Peña Oroel a los 16 años", dice la oscense. Make era una más del grupo, mientras que el resto de las novias se limitaba a llegar, como mucho, hasta el refugio. Ignacio y Make compartieron su pasión por el esqui de montaña con Peña Guara. "Sabíamos subir porque éramos fuertes, pero bajar era todo un acontecimiento. Nunca habíamos realizado esquí alpino. Todos bajábamos igual de mal. Fue una de las épocas más divertidas en el grupo", dice Make. Aquel grupo de amigos ha pasado a mejor vida. Queda un mínimo residuo. "Parece que los bichos raros somos nosotros porque seguimos saliendo a la montaña", explica Cinto.

Los hijos

Cuando comenzó su etapa como himalayista en los ochenta, Make empezaba a criar a sus hijos. Tienen cuatro y tanto Lucía, la mayor de todos con 24 años, como a Nacho, Julia y Pablo, el benjamín, practican montañismo. Make sintía sana envidia que su marido se fuera al Himalaya. "Al tener los hijos me quedé un poco descolgada", explica. De todas las ausencias de Cinto acudiendo al Himalaya, cuando peor lo pasó Make fue en el Everest el año 89. "Fue muy duro con una expedición muy larga de tres meses y medio", explica.

Tampoco olvidará la tragedia del K-2 en el 95 donde perecieron Escartín, Ortiz y Olivar. "Fue el sufrimiento por los amigos. Marcó a nuestro grupo y a sus familias", explica la montañera. Make está habituada a hacer alta montaña y ha estado en el Aconcagua, el Pamir, los Alpes e hzio un trekking en el Dhaulagiri. Cinto piensa que Make podría haber sido la primera aragonesa en subir un ochomil. No descarta que la oscense se anime. "Ella ha sido la eterna candidata", apunta Cinto. Para Make, el ser mujer resta posibilidades en la alta montaña. "Estoy implicada en estas cosas desde los 24 años. Han pasado 20 años y ves que no ha salido una montañera potente. Una cuenta pendiente es la primera aragonesa que suba un ochomil".

Tiene una empresa de calefacción. La heredó de la familia y cuenta con su propia página web(www.inazio.com). Con 53 años se encuentra en su mejor momento de forma como alpinista. "Nunca he hecho tanto grado escalando". Como muestra vale un botón. El año pasado, del 19 de septiembre al 10 de noviembre, Cinto hizo 53 rutas durante 53 días seguidos. "Pensé en sacar rendimiento a mi gran momento de forma y quise hacer una vía cada día. La señora no me puso inconvenientes e incluso colaboró en mi proyecto". La primera y la última la hizo con Make: fue la oeste del Mallo Cored.

Entre tanto trajín, tiene un retiro espiritual al que siempre acude para recargar pilas. En una pared olvidada por casi todos. Está entre los Mallos de Agüero y de Riglos. Es la Peña Rueba. "No quiero hacer mucha publicidad. Desde hace cuatro años he abierto doce vías, la mayor parte en solitario. La más difícil la bauticé como Make".

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