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El Periódico de Aragón | Jueves, 23 de mayo de 2013 - Edición impresa
ALFONSO HERNINDEZ GARCUA ALFONSO HERNINDEZ GARCUA 20/11/2005
Tiene la mirada sincera y limpia, y cuando habla de fútbol se emociona como si estuviera a punto de debutar. Los ojos se anticipan a su todavía ligero equipaje físico, encendidos de experiencias que cuenta con una naturalidad que abruma, describiendo con sencillez, humildad y humor una trayectoria deportiva singular y divertida. Jesús Seba ha regresado a su casa, a Aragón, para jugar en el Andorra, después de más de diez años de viaje por la cara B del fútbol, por una galaxia ajena casi siempre al estrellato que ha trufado su biografía de suficientes momentos de alegría y anécdotas como para estar muy satisfecho de haberse dedicado a este oficio.
Fue el boom mediático del Real Zaragoza a principio de los noventa, un efímero y veloz soplo de novedad inesperada, un chico flaco, gitano y peleón a quien La Romareda adoptó como a un hijo. Tomó la alternativa en 1992 en el viejo Atotxa, contra la Real Sociedad. "Por la mañana fueron a mirar el campo por si estaba muy embarrado, para ver si podían alinearme o no", recuerda, sonriendo, el delantero. El césped no fue obstáculo, pero Górriz, un central vasco de los de antes, hizo temblar sus escasos 65 kilos con una terrible entrada de bienvenida. Cobraba 100.000 pesetas al mes. "No me quejo, pero con lo que he ganado no puedo dejar de trabajar ni vivir de las rentas. Ahora tengo un negocio de venta y compra de coches y también de importación. Estoy muy ilusionado".
Marcó goles en la Liga, en la Copa y en la Copa de la UEFA --dos ante el Frem Copenhague "en el partido soñado"--. No muchos, la verdad, pero la afición los recibía como si llovieran dólares, encantada con las ganas que ponía el zaragozano. Participó en la final del 93 contra el Madrid y acabó llorando en Mestalla, desconsolado, con la terrible congoja que produce el primer desamor. Vistió como internacional sub-21. La generación de la Recopa, un grupo de maravillosos futbolistas, supuso una barrera insalvable para su progresión, y acabó yéndose como las breves tormentas de verano, dejando en la atmósfera un agradable y pasajero perfume a frescura juvenil. "La gente me saluda por la calle, siento que me quiere. Son todo elogios. Parece increíble después de tanto tiempo fuera de aquí. Ya sabes, alguno te dice: ´Ahora faltan jugadores como tú, de raza", y se encoge de hombros como ruborizado.
Seba podría escudarse en la incomprensión de los entrenadores, o clamar a los cuatro vientos que no dispuso de suficientes oportunidades. No se detiene, sin embargo, en esa estación, sino que acepta el tren que le tocó tomar y que lo ha llevado por los parajes exóticos de la Tercera inglesa o la Primera portuguesa y por algún que otro desierto de la Segunda B española en una aventura didáctica que guarda como un tesoro. "Es cierto que he vivido la cara B del fútbol, pero disfruté con la A mientras duró", matiza el exzaragocista, quien admite que "todo fue muy rápido. Casi sin darme cuenta pasé del juvenil al primer equipo con una breve estancia en el filial". La prensa y el gran público descubrieron que era gitano, que había salido del Oliver, y el factor humano alcanzó tanta o más notoriedad que el deportivo. Se convirtió en un fenómeno social. "Fui al programa de Manolo Escobar y Loreto Valverde Goles son amores y Nieves Herrero me invitó al suyo. También estuve con Cruyff en la TV-3... No paraba. Era normal, en año y medio había pasado de ser un desconocido a la popularidad más absoluta. Sé que mi condición de gitano tuvo mucho que ver".
Por gitano y famoso se convirtió en embajador de su raza allá donde jugaba el Zaragoza cada fin de semana. "Iba a los hoteles y me avisaban, nada más llegar, de que en el hall me estaba esperando una comitiva de gitanos. Estaban orgullosos de mí, y venían con la Biblia en la mano para que me hiciera de la Iglesia Evangelista. En todas las ciudades ocurría lo mismo y manifestaban sus simpatías por el Real Zaragoza". Jesús Seba se rompió el tobillo en un partido de Copa contra el Oviedo y poco a poco se fue apagando su sueño. "Tampoco me ayudó mucho la mili. Me dejaban ir a entrenar y a jugar los partidos, pero sin más privilegios. Muchas veces hacía guardia toda la noche e iba a entrenarme sin dormir, roto. El capitán general me dijo que debía
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