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Opinión

Hacer las paces, carta abierta a D. Mariano Rajoy

Eloy Fernández Clemente, Catedrático de la Universidad de Zaragoza 21/11/2011

Felicidades, señor Rajoy. La victoria anunciada se confirma, y el tan predicado cambio en la jefatura del Gobierno, tras una campaña larga, aburrida, innecesaria. Para ello, ha contado con el enorme miedo de los ciudadanos ante un paro insostenible, una crisis terrible (parecía condición para evitarla y calmar al dragón Mercado, votar a su partido), el cansancio provocado por la política dubitativa, contradictoria, del presidente Zapatero, y la presión de tantos medios y políticos durante años. Aunque usted, contando con un triunfo prácticamente seguro y deseoso de asegurar el voto de millones de personas moderadas, de centro, ha ofrecido una imagen mucho más amable y tranquila que la anterior, producto de la impaciencia y la rabia en su más radical entorno.

Quiero creer que esa es la suya auténtica, y por ello le escribo esta "carta abierta" en esta hora del triunfo, que es cuando un buen político debe mostrarse tal. No me apoyo, para ello, en haberle votado: no lo he hecho, ni siquiera por ir acompañado en mi tierra del astuto Partido Aragonés. Me apoyo en la necesidad urgente de alcanzar un tono más templado en la vida política, más sereno y prudente. Para salir de la crisis harán falta medidas aún más duras, pero también un alto grado de consenso social, unas buenas prácticas ciudadanas.

Lo primero y más urgente, es poner coto al talante dominante en el Parlamento y los medios durante los últimos años. La escalada de improperios, denuncias, acusaciones, hasta una peligrosa judicialización, nos ha sumido en una crispación enojosa y preocupante. No solo ustedes la han utilizado, porque el PSOE usa también muchas argucias, "filibusterismos" y rodillos cuando tiene mayoría. Ambos han desoído cualquier denuncia hasta que los jueces han dado y confirmado su veredicto. Ni transparencia, ni castigo fulminante a los corruptos, en tantos casos de sostenella y no enmendalla que estamos casi curados de espanto.

Y, sobre todo, esa reticencia a respetar al contrario, a aplaudir alguna vez una propuesta de un parlamentario de otro partido (¡qué lógico, y qué maravilloso espectáculo hubiera sido!), a ponerse de acuerdo en asuntos fundamentales (la crisis, por ejemplo, que en vez de cerrar filas y buscar fórmulas conjuntas, ha servido de tema arrojadizo, como el terrorismo, hasta casi el final). Yerran los políticos que creen que aplastar al contrario les gana las simpatías de los propios: eso ocurría en el circo romano y en ese "deporte" deleznable del boxeo. Hagan ustedes las paces, los dos grandes partidos y todos los demás. Y busquen juntos, no se resistan más a ella, una reforma urgente de los principales defectos de nuestro sistema electoral, de nuestra muy mejorable democracia, aunque pueda afectarles un poco. Es tan creciente la ola de enfado ciudadana, mostrada espectacularmente en el 15 M pero también en la abstención, --que no es por la lluvia o el escaso civismo- -, o el voto en blanco que, a este paso, como imaginó Saramago, un día va a arrastrar con su indignacióna toda la clase política.

Y, en segundo lugar, ahora que en Euskadi se esfuerzan todos en buscar escenarios de paz y convivencia, den un paso más atrás y hagan algo que Felipe González pudo hacer en 1986, al cumplirse el medio siglo del inicio de la guerra civil, y no se decidió, error que reconoció más tarde: firmen la paz de aquella ignominiosa contienda entre españoles. No bastaba que, en un gesto elegante y calculado, dos viejos zorros como Fraga y Carrillo se dieran la mano cordialmente al comienzo de la transición. Era preciso, y a los hechos me remito, que se cerrase aquella etapa histórica del franquismo de un modo gráfico, solemne, simbólico, otro abrazo de Vergara. Franco nunca quiso oír la petición de Azaña de "paz, perdón y piedad" (tampoco la Iglesia le animó mucho a ello) y lejos de sellar la paz tras una dura guerra ("Rendición de Breda"), mantuvo durante años fusilamientos y castigos.

Convirtamos los hechos pendientes de resolver, sin pedir responsabilidades (casi todos los actores están muertos) en un asunto privado respetabilísimo, dejando a esos miles de españoles,!los nietos!, buscar y enterrar dignamente a sus abuelos entonces asesinados (los del otro bando figuraron en los atrios de las iglesias, llenos de honores). El dolor, de unos y otros merece nuestro respeto y la busca de nuevos escenarios de fraternidad, de democracia, de futuro. Y hagamos de la guerra lo que siempre, desde la democracia, debió ser: asunto de historiadores rigurosos, desapasionados, precisos, relatores de un pasado que en absoluto debe ser silenciado, pero sí servir para que nunca pueda repetirse algo así, y para que los españoles todos vivamos una paz colectiva, que aleje para siempre el espectro del odio.

 

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1 Comentario
01

Por paquito: 09:36. 21.11.2011

Que morro tienen algunos....¿Hubiera Vd. ecrito la misma carta, plagada de acusaciones? si hubieran ganado los socialistas? Por favor, tenga un poco de dignidad y acepte la derrota en silencio.