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LA GÉNESIS DE LAS BARBAS DEL PROFETA

Biblia de los prodigios

El último libro de Eduardo Mendoza es una evocación tierna e irónica de sus lecturas infantiles de las sagradas escrituras

JUAN FERNÁNDEZ
21/04/2017

 

Cuando a Eduardo Mendoza le preguntan dónde y cómo nació su vocación literaria, acostumbra a responder que le ocurrió de niño, leyendo, y entre esas lecturas iniciáticas suele destacar, junto a los tebeos, las de Historia Sagrada, una asignatura obligatoria en los programas escolares de la posguerra en la que a modo de cuentos, de forma casi mitológica, se repasaban los pasajes más notorios de la Biblia: el encuentro de Eva y la serpiente, la expulsión del edén, el diluvio universal, el crimen de Abel, la torre de Babel.

Mendoza reconoció ayer, horas después de recibir el Cervantes, que aquellas narraciones hicieron brotar en él la fascinación por la palabra escrita y los mundos de la ficción. Les debe tanto que su último libro, titulado Las barbas del profeta y publicado por Fondo de Cultura Económica, es «un homenaje» en forma de ensayo autobiográfico, con toques irónicos, a todo lo que sintió leyendo aquellas páginas.

«De niño fui a un colegio muy aburrido y mi único entretenimiento consistía en escuchar las historias de la Biblia, por lo fantásticas que sonaban, y las vidas de los santos, que eran tremendamente gore», reconoció tras disculparse por presentarse embutido en el chaqué que había vestido por la mañana al recoger el medallón del premio, que blandió como un trofeo taurino entre aplausos del público. Su rostro delataba cansancio, pero se rehizo y se sumergió en un improvisado y desternillante viaje por las estampas bíblicas que más le cautivaron.

«Eran historias absurdas, pero sonaban fascinantes. ¡Y a la vez eran sagradas!», subrayó antes de narrar algunas de sus hazañas favoritas. «Resulta que Sansón tenía una fuerza enorme, pero se echó una novia que era agente doble y acabó con él cortándole el pelo. ¡Tremendo! Otro oía una voz que le ordenaba matar a su hijo. ¿Por qué? Pues no lo sabemos. De pronto, Dios aparecía en una zarza y luego se convertía en un ciervo. Había centauros raptando a ninfas y todo era extraño, pero estaba contado de forma tan natural que resultaba tranquilizador. No como ahora, que existe el FMI y hay que hacer la declaración de la renta», dijo entre carcajadas del público.

Homenaje

El humor es una constante en la literatura de Mendoza y su último libro no desmerece esa trayectoria, pero el autor dejó claro que a través de su mirada retrospectiva ha querido trazar un «homenaje tierno y respetuoso» al Antiguo y el Nuevo Testamento. Declarado «no creyente», reflexionó: «Solo se puede ser ateo del Dios en el que se cree, curiosa contradicción. Esta idea siempre ha rondado mi cabeza, casi tanto como Barcelona».

La alusión geográfica venía a cuento de las reflexiones que había expuesto minutos antes sobre la ciudad que le vio nacer, escenario de la mayoría de sus novelas. «Llevo toda la vida intentando escapar de Barcelona, pero siempre acabo volviendo a ella», confesó. Nunca planificó esta ubicación literaria y fue más bien el hallazgo del «filón de historias» que ocurrían, y que nadie se había parado a contar, lo que persuadió a su olfato de narrador. Como las que pasaban en la ninguneada urbe canalla de los años 70, «cuando había un bingo en la Pedrera y no se nombraba a la Sagrada Familia en las guías turísticas». Se preguntó si aquella Barcelona era mejor o peor que la de ahora y no supo responder. «La ciudad y yo formamos una pareja estable y estoy dispuesto a morir cogidito de su mano», prometió.

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