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CRÍTICA DE música

El Cabrero es El Cabrero, y punto

 

José Domínguez, ‘El Cabrero’. -

Por Javier Losilla
03/03/2018

«Que hizo el mundo en siete días / quién se lo puede creer / si un simple cuarto de baño / se llevan los albañiles semanas meses o un año”, canta por fandangos El Cabrero descreído; y también por fandangos, pero al estilo alosno, El Cabrero, ahora cabreado, suelta: “Que devuelvan el dinero que se lleva el capital / que están ricos los banqueros y también la patronal / esa que explota al obrero”.

Genio y Figura. Septuagenario ya, José Domínguez Muñoz, conocido artísticamente por El Cabrero, en pie en los escenarios desde su debut en 1972 con La Cuadra, de Sevilla, y también en pie de compromiso (social y personal) a través de un flamenco combativo y árido que excede sus propias costuras para instalarse sin problemas en el imaginario de la canción popular. De ahí que su público se sitúe también fuera del ámbito de los flamencófilos de pro y se amplíe por los costados. Así lo comprobamos el jueves en el Teatro Principal de Zaragoza donde El Cabrero triunfó sin paliativos y fue jaleado y piropeado. También se le solicitaron canciones (costumbre muy extendida en las actuaciones de cantaores), demandas que él, como el que no quiere la cosa, sorteó muy elegantemente.

Se explicó El Cabrero, artísticamente, se entiende, por serranas, seguirillas, fandangos y tonás, revisó cosas como Pastor de nubes, Como el viento de poniente (pregón por milongas), El macho montés, Con el viento y el agua… Y más: el cancionero latinoamericano es buen caldo de cultivo para su garganta: El orejano, un vals criollo de Jorge Cafrune; La lluvia, de Alberto Cortez; Coplera de prisioneros y Si se calla el cantor, de Horacio Guaraní; Hopa, hopa, una canción criolla… Comenzó la actuación algo frío y con la voz justa, pero fue calentando y subiendo el nivel según avanzaba la velada. Manuel Herrera, un guitarrista brillante y creador de elegantes filigranas, contrapunto a la aspereza vocal del cantaor, quien lo definió como intérprete «largo y apasionado», acompañó a El Cabrero.

Conceptualmente deudor, más o menos, de cantaores algo mayores que él (aunque no mucho) como Manuel Gerena y José Menese, El Cabrero es la voz heterodoxa que clama en el desierto de los obligados al silencio. Con él se rompió el molde. Como dijo un buen conocedor del flamenco mientras abandonábamos el teatro tras el concierto: «El Cabrero es El Cabrero». Y punto, añado.