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ESTUDIO DIRIGIDO POR MARÍA JOSÉ VILLAVERDE Y FRANCISCO CASTILLA

La negra fama de una leyenda

La creación de la Leyenda negra sobre la colonización española se debió al intento de otras naciones por socavar el poder de España en Europa durante el reinado de los Austrias

 

Grabado 8 Obra en el que los indígenas son arrojados a los perros. -

LUIS NEGRO MARCO
20/07/2017

La larga sombra de la Leyenda negra está aún muy presente en nuestros días. Hasta tal punto que destacados autores internacionales, caso del recientemente fallecido filósofo y lingüista búlgaro Tzvetan Todorov (1939 – 7 de febrero de 2017), en su obra La conquista de América, el problema del otro llegaba a calificar la acción colonizadora de España en América como un genocidio de tal magnitud que «ninguna de las grandes matanzas de siglo XX puede compararse con esta hecatombe…».

Sin embargo, ante tales afirmaciones, tal y como exponen los profesores María José Villaverde y Francisco Castilla –en su calidad de directores del libro La sombra de la Leyenda negra (editorial Tecnos)– cabe la pregunta: ¿Fue la política española igual, peor, o mejor que la del resto de países colonizadores europeos? Bastaría citar a este respecto el ejemplo de los puritanos ingleses que en 1620 desembarcaron en la costa estadounidense de Massachusetts, creando allí la –según los apologistas británicos– idílica colonia de Plymouth, ejemplo de cohabitación entre colonos y población autóctona. Siglos después, aquellos colonizadores habían llevado a cabo una tan drástica política de control racial, que culminó con la casi completa desaparición de la población indígena en EEUU.

EL PROTESTANTISMO / El historiador Javier Fernández Sebastián se refiere a la «invención de la modernidad protestante» cuando en el libro refiere que uno de los motores más activos de las campañas de opinión contra los españoles durante la Edad Moderna (siglos XV-XVIII) fueron los conflictos religiosos europeos que siguieron a la Reforma protestante de la Iglesia propugnada por Lutero. España se convirtió en el país adalid de la Contrarreforma, al tiempo que Reino Unido, Francia y Países Bajos, se alineaban en su contra. De manera que, el grueso de las denuncias llevadas a cabo por estos países, sobre las crueldades de los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo, habrían estado mediatizadas por un propósito claramente político y religioso. De tal suerte fue así que, una vez la monarquía española hubo perdido su condición de potencia hegemónica en Europa (tras la paz de Westfalia, en 1648, y la paz de los Pirineos, en 1659), la «demonización de lo español» desapareció casi por completo en Europa.

No obstante, a diferencia del resto de países colonizadores europeos, España sí llevó a cabo un ejercicio de autocrítica, cuyo máximo exponente fue fray Bartolomé de las Casas –autor de la célebre Brevísima relación de la destrucción de las Indias–, al que (ya en el siglo XVIII), se sumaron destacados autores ilustrados, como el valenciano Gregorio Mayans y Siscar, quien manifestó su oposición a la que consideró condescendiente apología acrítica de la historiografía oficial borbónica.

No obstante, la idea preconcebida de una España bárbara (La despectiva frase «África empieza en los Pirineos» comenzó a divulgarse en Europa a finales del siglo XVIII) ha calado tan hondo que, aun a día de hoy, el estereotipo español es extremadamente racial, polarizado entre la fiesta y los toros. Mas los tópicos, muy a menudo nada tienen que ver con la realidad, o muy poco, a la vez que entorpecen la investigación histórica. De tal suerte que los propios historiadores de mentalidad anglosajona, como el historiador estadounidense Hubert Herring –autor de Historia de Latino América, desde sus comienzos hasta el presente (1955)– argumentaron, con razón, que la Leyenda negra supone el más serio obstáculo para los estudiantes americanos e ingleses, a la hora de estudiar y comprender la historia de España y Portugal.

Y es que los pre-juicios (opiniones previas, formadas sin fundamentos basados en el conocimiento y la investigación sistemática), nos alejan y privan de la verdad, más aún si ocupan su espacio y se convierten en lo que ahora conocemos como fuck news (política de engaño), auténticos productos tóxicos de la comunicación, que contaminan y distorsionan la verdad histórica, en beneficio de los intereses de quienes los fabrican y propalan.