La reivindicación de la diversidad sexual y étnica en la literatura de género tiene sus orígenes al menos en la contracultura de los 60. Aunque entonces el género estuviese dominado por individuos que hoy se encontrarían con un #MeToo en los morros y lo que entonces fue alternativo en la actualidad sea afortundamente la nueva normalidad. Algunas reediciones recuerdan a pioneras como Octavia E. Butler (1947-2006), con Parentesco (Capitán Swing). Los incontables viajes en el tiempo de una escritora negra que va y viene a la plantación de Maryland donde, en 1815, dos de sus antepasados son, respectivamente, esclava y amo. El libro, publicado en 1979, se ha convertido en un clásico de la literatura afroamericana: como en la reciente El ferrocarril subterráneo, fantasía, sí, pero también reflexión sobre el pasado de Estados Unidos, la relación entre blancos y negros y lo arbitrario del concepto de raza.

En el capítulo de clásicos merece ovaciones la publicación de dos antologías de Angela Carter (1940-1992), Quemar las naves. Los cuentos completos de Angela Carter (Sexto Piso) y Cuentos de hadas (Impedimenta). Fantasía gótica, literatura simbolista e intrincada, replanteamientos de los cuentos clásicos desde un punto de vista feminista y de izquierdas.

Otro clásico de fantasía juvenil con protagonistas femeninas es Una arruga en el tiempo, de Madeleine L’Engle: olvídense de la adaptación de Disney y como alternativa a la novela original de 1962 elijan la adaptación en formato de cómic, de la mano de Hope Larson, que acaba de publicar Random. Y para acabar, una matriarca del género, la recientemente fallecida Ursula K. LeGuin, de quien Minotauro acaba de reeditar sus Cuentos de Terramar, los relatos en los que tras el mundo de los magos de las primeras novelas de Terramar se va revelando un pasado todo lo contrario de patriarcal. Porque antes de las frikis, nos recuerda la revisión de LeGuin, estuvieron las brujas.