Uno de los aspectos más hermosos de la primera novela de George Saunders es el retrato de la desesperación del presidente Abraham Lincoln, arrodillado en el cementerio, abrazado al cadáver de su hijo de 11 años, que ha muerto de fiebre tifoidea, confesándole su amor entre sollozos. El padre antecede al político, y, sin embargo, en su pena hay algo de lamento por una nación desmayada, que flota en un limbo bélico, dividida entre dos mundos, con un pie en el sur y otro en el norte, preparada para sufrir. Al colocar a Lincoln en un ambiente propio de novela gótica, rodeándole de fantasmas que no acaban de estar seguros de lo que son, Saunders lo singulariza, nos obliga a desprendernos de la imagen que películas y ensayos han creado de él para que lo veamos como un espíritu errante más, como el presidente de una América espectral, en estado de transición.

Willie Lincoln muere, pero se queda. Es un alma en pena, clavada en ese Bardo que es un purgatorio en clave tibetana. No puede irse porque el dolor de su padre lo agarra a este mundo. A su alrededor, un enorme coro griego de espíritus que tampoco pueden escapar de ese limbo descubre que el amor es más grande que la muerte. Cualquiera diría que Saunders lo sacrifica todo a una carta, la de la originalidad, porque Lincoln en el Bardo es una novela de dispositivo: más allá de su excéntrico corte fantástico -es fácil imaginársela como una película del Tim Burton de la época gloriosa, a ser posible en stop motion-, organiza el relato como una sofisticada polifonía de voces, que incluye las de los fantasmas, sí, pero también fuentes documentales sobre la vida de Lincoln y su contexto histórico, algunas reales y algunas inventadas.

Ese dispositivo permite que lo factual conviva con lo ficcional con enorme fluidez, a pesar de la dimensión altamente fragmentaria del resultado final. Los diálogos flotan como ectoplasmas en cada página, con los nombres de quienes hablan como epitafios o rúbricas grabadas en piedra. Así las cosas, Saunders construye un auténtico espacio de libertad literaria, donde puede cambiar de ángulo de visión y de tiempo verbal amparado por su metaliteraria estrategia narrativa.

El armazón posmoderno de la novela no eclipsa su humanismo. Saunders evita el error de considerar ese coro griego, convertido en parada de creativos monstruos, como un mero comentarista de la confusión cósmica de Willie Lincoln. Pese a la multitud de personajes que habitan ese cementerio, se preocupa de que cada uno tenga su historia y todas nos afecten de distinta manera. Todos transmiten un sentimiento de comunidad, de pertenencia a un espacio aunque este sea provisional, pero lo que cuentan les da vida, cala tan hondo que es difícil quedarse con uno: si con el chico que se cortó las venas porque su amante quería una vida normal, si con la joven que buscando el amor fue violada en grupo, si con el hombre a quien le cayó encima una viga cuando iba a consumar su matrimonio. En el fondo, lo que todos buscan es volver a aprender a amar en este valle de lágrimas que es la muerte. Seguro que Saunders lloró con ellos mientras lo escribía.