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CINE

Stanley Tucci: "Ninguna película da tanto placer como una buena paella"

Acaba de estrenarse su quinta película como director, 'Final Portrait'

 

El actor y director Stanley Tucci. - LOUIS LANZANO

NANDO SALVÀ
30/12/2017

Es un hombre multitarea. Pinta retratos y paisajes; pasa tanto tiempo como puede en la cocina y, a ser posible, preparando arroz valenciano. Y por supuesto hace cine, tanto desde delante de la cámara -en títulos como 'El diablo viste de Prada', 'Lovely Bones' y 'Spotlight'- como desde detrás. Acaba de estrenarse su quinta película como director, 'Final Portrait. El arte de la amistad', en la que se acerca al pintor y escultor Alberto Giacometti a través de los 18 días que pasó pintando el retrato de su amigo el escritor James Lord.

Es muy inusual que un biopic cubra tan solo un par de semanas en la vida de su protagonista. ¿Estuvo tentado de abarcar un periodo más amplio de la de Giacometti? ¿Por qué iba a estarlo? En general las películas biográficas son del todo ridículas. Toman una vida entera y tratan de resumirla en 100 minutos, y el resultado no tiene ningún sentido dramático. Yo prefiero la concisión. Para saber a qué sabe una tarta no necesito comérmela entera. Con un pedazo me basta.

Giacometti era un genio del arte pero muy torpe en las relaciones personales. ¿Diría que ambos rasgos suelen ir de la mano? Así lo creo. Giacometti solo quería crear. Lo único que hacía aparte de trabajar era comer, beber, dormir y tener sexo, y solo porque tenía la necesidad fisiológica de hacerlo. Los artistas solemos ser gente estrecha de miras porque el proceso de crear nos obliga a poner toda nuestra atención en una dirección específica. Por eso muchos artistas son muy hábiles frente a un lienzo o un pedazo de arcilla pero unos negados totales en la vida. 

'Final Portrait' retrata la creación con mucho humor pero, al mismo tiempo, deja claro que puede llegar a ser un proceso tormentoso. ¿Lo es para usted? Sin duda, es realmente doloroso. Ojo, no quiero sonar como un idiota: ¿es tan doloroso como ser un niño refugiado en Libia? No, claro. Pero te ahoga en un mar de dudas e inseguridades, y eso es algo muy debilitante. Aunque si no dudas puedes acabar convertido en un cretino arrogante.

¿Cuándo descubrió usted que quería ser actor? De niño. Recuerdo que participé en una obra de teatro escolar y en el escenario me sentí mucho más cómodo de lo que nunca antes me había fuera de él.

¿En qué medida afecta su trabajo como director a su trabajo como actor, y viceversa? Como actor soy cada vez menos paciente con la falta preparación o la falta de creatividad de los directores con los que trabajo. Es muy aburrido. Si vas a gastar tanto tiempo y dinero haciendo una película, y vas a involucrar en ella a tanta gente con talento, estás obligado a hacer algo interesante.

Volviendo a la película, ¿qué le atrae de Giacometti? Que su obra es increíblemente pura, y captura como pocos la esencia del ser humano y su fragilidad. Lo descubrí de niño gracias a mi padre, que era profesor de arte y pasó mucho tiempo llevándome de museos. Vivimos durante un año en Florencia, así que el arte siempre ha formado parte de mí. De hecho, tengo la pintura entre mis 'hobbies', y cada vez que voy de vacaciones llevo conmigo acuarelas y lápices de colores. Para mí es como la cocina; me ayuda a relajarme y pensar con más claridad.

Y el amor por la cocina, ¿de dónde le viene? De mi familia. La comida siempre fue esencial en nuestro modo de vida. Sigo teniendo muy presente la pizza de mi abuela, o esas albóndigas en salsa tan sabrosas y a la vez tan suaves que preparaba. Y los bocatas que mi madre me hacía para el colegio, de berenjena a la parmesana. Para mí la comida es como un órgano vital más.

¿Afronta el cine y la cocina de la misma manera? En ambos casos me interesa más la preparación que el resultado final: la mezcla de ingredientes, el 'timing' a la hora de incorporarlos, esas cosas. Pero en la cocina me permito ser más espontáneo y tomar más riesgos, incorporar a una receta ingredientes que están completamente fuera de lugar aunque eso quizá implique que el plato quedará malísimo. Últimamente, por ejemplo, solo puedo pensar en distintas formas de preparar una paella.

¿En serio? Sí, me tiene obsesionado. El otro día me compré una enorme paellera y, como vivo en Londres y allí en invierno llueve todo el tiempo, ansío que llegue la primavera para empezar a usarla en la terraza. Ninguna obra de arte, y por supuesto ninguna película, proporciona tanto placer como una buena paella. Es la comida perfecta. Todo lo que importa en el mundo se puede resumir en un plato de paella.