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LAS TUMBAS DE LOS REYES ARAGONESES.

Un rey teñido de rubio

Pedro III el Grande trataba su barba con un extracto de retama. Imposible obtener material genético para identificar a Jaime I.

ERNEST ALÓS ERNEST ALÓS 21/06/2011

El rey Jaime I era, según su entregado cronista Bernat Desclot, "el hombre más bello del mundo", un palmo más alto que cualquiera, con dientes que parecían perlas, dedos largos, piernas rectas, muslos gruesos y "bellos cabellos rubios que parecían hilo de oro". Pues bien, o su hijo Pedro salió moreno y no pudo superar el trauma, o bien era tan presumido como el Conquistador, o bien los cabellos dorados formaban parte de la imagen pública que se esperaba de un monarca en el siglo XIII. Alto (casi 1,80), rubio y vestido con ricos ropajes, una visión imponente para sus malnutridos (y se supone que morenos) vasallos. Aunque fuese con truco, gracias a un tinte natural obtenido de la retama, como el que los investigadores del Museo de Historia de Catalunya han encontrado en la barba del cadáver semiembalsamado de Pedro el Grande, III de Aragón y II de Barcelona (1240-1285).

El teñido del rey es una de las últimas novedades del proyecto de restauración de las tumbas reales de Santes Creus, que se convirtió en una investigación forense cuando se confirmó que el sepulcro contenía el cuerpo del monarca tal como fue inhumado. La coordinadora del proyecto, Marina Miquel, presentó ayer un informe "bastante final" en la sede de la Conselleria de Cultura. Aún falta la síntesis de los trabajos, así que el CSI Santes Creus aún tendrá algún capítulo más.

En el cuerpo de la reina Blanca de Anjou (la hija del archienemigo de Pedro el Grande, Carlos de Anjou, a la que casó con su hijo Jaime II, del que no se han hallado restos) también ha aparecido tinte rubio, además de carmín en las mejillas. "Es tentador pensar que el tinte era un signo de diferenciación social, pero quizá solo se trataba de estética" , explicó ayer Miquel. Pero la propaganda de la monarquía a través de la imagen tenía otros aspectos. Las piezas dentales de los monarcas tampoco serían tan blancas como narraban sus cronistas: en las de Pedro el Grande había sarro en tal cantidad que ha sobrevivido siete siglos y ha permitido determinar que su dieta era rica en carne y cereales. La reconstrucción facial de la reina, que aún es provisional, también ha demostrado que la estatua del sepulcro de la reina era un retrato ideal.

Pero incluso los reyes no se escapaban a las precarias condiciones de salud de la época. La reina tenía un juanete y su suegro las vértebras perjudicadas de montar a caballo, un tumor benigno en las meninges y una enfermedad pulmonar (quizá tuberculosis) que posiblemente le causó la muerte.

A medida que ha avanzado el proyecto, algunas de las expectativas iniciales más ambiciosas se han ido viendo frustradas. La primera que se disolvió en cuanto se abrió el sarcófago, fue la de encontrar algún elemento digno de ser lucido en el Museo de Historia de Catalunya. Solo ha aparecido un pequeño colgante de coral (un amuleto de la maternidad) junto a los restos de la reina Blanca, muerta a consecuencia de su décimo parto a los 27 años.

Miquel confirmó ayer también que ninguno de los restos hallados en la tumba de Roger de Llúria corresponden al almirante que quiso ser enterrado a los pies de su monarca y que solo se ha podido recuperar ADN mitocondrial del monarca, pero no el cromosoma. Así que se frustrará la posibilidad de utilizar la información genética para identificar ascendentes y descendentes masculinos, como las diversas calaveras candidatas a ser Jaime I.

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