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El Periódico de Aragón | Miércoles, 23 de mayo de 2012 - Edición impresa
EL PERIÓDICO 04/02/2012
En muchas zonas del mundo la crisis económica es un mal endémico. No hay redes de salud ni de sanidad. Los Derechos Humanos son un rumor lejano. Afortunadamente, en estos lugares hay instituciones como la Fundación Juan Bonal que trabajan duramente para darle la vuelta a estas condiciones.
Uno de estos países es el Congo, concretamente la región de Mukila. A su llegada, el panorama que vieron era desolador: población desatendida sanitaria y educativamente, infraestructuras prácticamente derruidas y servicios primarios inexistentes.
Poco a poco se empezó a reconstruir y a poner todo en marcha, incidiendo sobre todo en el sector sanitario como medida prioritaria. Los hospitales se encontraban en muy mal estado y no se disponía prácticamente ni de recursos técnicos ni materiales.
En la zona de Mukila, con una población de 50.000 habitantes, el único hospital que funciona es el que Fundación Juan Bonal está gestionando. Por un lado se potencia la educación sanitaria tanto en el Centro de Salud, como en la maternidad, consultas prenatales y centro nutricional, como en el trabajo de vacunación con charlas organizadas semanalmente, por ejemplo.
En la misión que las voluntarias de la Fundación Juan Bonal desarrollan también funciona una escuela primaria y otras dos de secundaria donde se pueden estudiar las siguientes secciones: corte y confección, agricultura, bioquímica, pedagogía y prácticas comerciales, con un total de 700 alumnos.
Según indican desde la fundación, los estudiantes, sobre todo los de secundaria, tienen que recorrer largas distancias a pie o en camiones que pueden tardar hasta 7 días en llegar, "si tienen suerte y el camión no se avería en el camino, lo que podría prolongar la duración de su viaje".
Hoja de palma
Las viviendas de la zona de Mukila, y en general en el Congo, son construcciones realizadas con bambú, barro, hojas de palma y palos. Los tejados están hechos de paja y hoja de palma. Los más afortunados disponen de adoba para las casas, pero tampoco es muy frecuente. Las casas no disponen ni de agua ni de luz. Estas casas tienen una duración media de 2 años. Pasado este tiempo tienen que volver a construirla.
La iluminación es a base de lámparas de petróleo o con el fuego de la hoguera. El mismo método de encendido de esta hoguera es en sí significativo: el choque de dos piedras que hace saltar una chispa. El agua hay que ir a buscarla a los ríos o fuentes más próximas y normalmente son los niños los encargados de transportarla en bidones, cubos u otros recipientes.
Según reconocen, "es realmente impactante viajar a la Republica Democrática del Congo y observar el estado en el que se encuentra el país actualmente". Los hospitales no funcionan, no existen servicios públicos, la basura se acumula en las calles (principalmente en la capital) y las carreteras se encuentran asfaltadas únicamente en Kinshasa y alrededores, con unos 80 kilómetros, aproximadamente. Teniendo en cuenta el país tiene 5 veces la superficie de España, "nos podemos hacer una idea de lo complicado que resulta viajar", aseguran.
No existe industria, ni infraestructuras ni medios de comunicación. El transporte público no existe. Hay taxis privados que son furgonetas de particulares que las usan para recoger a personas que se quieren desplazar por la capital y alrededores. Estas furgonetas viajan abarrotadas de gente. Se puede ver a 20 personas dentro y gente agarrada fuera de ellas.
A la vista de la precaria situación de Mukila, el abastecimiento de agua potable para la población y con especial atención al hospital María Rafols, es imprescindible para que puedan contar con unos mínimos requisitos de calidad de vida. Ello es posible gracias a la existencia de un salto de agua de tres metros de altura en el arroyo Tsengesi, a un kilómetro de Mukila.
Gracias a este proyecto de la Fundación Juan Bonal, el pueblo de Mukila podrá disponer de ese bien tan esencial como es disponer de agua potable que, además, evitará muchas enfermedades y hará disminuir la mortandad de la población. "Ésta era la esperanza de sus habitantes para utilizar la fuerza del salto y hacer llegar agua a los mismos", destacan las voluntarias. .
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