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D. CHIC 28/01/2012

En los campos de refugiados la vida es muy dura, pero todavía lo es más para aquellos desplazados que no puede beneficiares de sus servicios. Según los datos oficiales, en la actualidad más de la mitad de los refugiados del mundo no se encuentra en uno de los campos que la comunidad internacional destina para este fin y tiene que buscarse la vida en los entornos urbanos, en los que sufren el olvido y las penurias por partida doble.

El Servicio Jesuita al Refugiado destaca que los desplazados urbanos se enfrentan a la marginación, al desempleo o la explotación laboral, a vivir en barrios apartados con difícil comunicación y, en ocasiones, como pasa en Sudáfrica, a sufrir violencia por parte de la población local, además de soportar unas condiciones legales no definidas.

A comienzos de mes en Zaragoza, invitado por la oenegé Entreculturas, el director del Servicio Jesuita para Refugiados en Sudáfrica, Rampe Hlobo, impartió la ponencia Refugiados urbanos, invisibles en la ciudad ante un público bastante numeroso, en la que explicó la labor de su comunidad "para devolver la dignidad a estas personas".

En su interviención, Hlobo destacó cómo en los últimos diez años el mundo de los refugiados ha cambiado rápidamente y la imagen de campos de refugiados es hoy la excepción, porque más de la mitad, el 58% de los refugiados, reside actualmente en zonas urbanas, principalmente en los suburbios abandonados de las ciudades del Sur. En esta idea incidió también Pablo Funes, delegado de Entreculturas, puesto que al cambiar el problema los retos para evitar que la situación empeore se hacen mayores. Por ese motivo consideran clave la difusión del problema en España.

Desde Entreculturas ofrecen algunos datos realmente demoledores. Johannesburgo, la ciudad más grande de Sudáfrica, acoge en estos momentos a unos 470.000 refugiados o personas en situaciones similares. Esto la convierte en el sitio con mayor concentración de refugiados en el mundo. Pero no es una situación única: Damasco, El Cairo, Addis Abeba, Nairobi, Amman, Bangkok y muchas otras ciudades albergan cifras muy elevadas de migrantes forzosos que están lejos de los controles internacionales de las zonas en conflicto.

Según Hlobo, la diferencia entre los refugiados que están acogidos en campos a los que residen en ciudades es que los primeros generalmente ofrecen alimentación y alojamiento básico y cierta seguridad ofrecida por organismos internacionales como Médicos sin Frontesar o el Acnur, de la que carecen los refugiados urbanos. Además, en un campo las prestaciones sanitarias y educativas están relativamente bien cubiertas, por lo que la gestión de todos los desplazados se realiza sin socavar sus derechos humanos, en condiciones de supervisión y seguridad constantes.

El director del Servicio Jesuita para Refugiados en Sudáfrica destacó en su intervención que los principales flujos migratorios que llegan al país proceden del Cuerno de África, aunque también de Sudán, Uganda, y zonas en conflicto como la zona del Congo. Algunas de estas personas huyen a Europa, América o Asia, pero gran parte de ellas recaba en los entornos urbanos de Johanesburgo, sin poder acceder a campos de refugiados. "En la ciudad tienen que sobrevivir y buscar seguridad para sus familias, lo que hace que muchas veces caigan en redes de explotadores o policías corruptos", reconoce. Por estos motivos, estas personas no pueden acceder a servicios como la educación para los más pequeños.

La oenegé Entreculturas, que desarrolla su trabajo a favor de los refugiados a través del SJR, asegura que los campos de refugiados suelen ser caldo de cultivo para la enfermedad, la violencia y el aburrimiento. Además, muchas personas caen en ámbitos criminales como la prostitución o el soborno. Pablo Funés, uno de los miembros de la organización, destaca que desde la guerra de Irak el número de personas en esta situación ha crecido enormemente, por lo que el problema empieza a ser preocupante, especialmente a causa de los últimos flujos migratorios.

Asentamientos

Por otra parte, según destacan en Entreculturas, la llegada de desplazados a una ciudad no solo genera problemas para los recién llegados, sino que también hace peligrar la capacidad del asentamiento para planificar su futuro. "Los abarrotamientos, el uso de espacios y servicios de educación y esparcimiento para vivir y la expansión urbana descontrolada constituyen un pozo sin fondo y un obstáculo para la capacidad de una ciudad y de sus residentes de mejorar sus condiciones o al menos, de impedir su desarrollo", aseguran.

Desde el proyecto que Entreculturas está desarrollando en ciudades como Johannesburgo o Pretoria tratan de paliar esta situación de marginalidad con actividades de formación profesional para adultos y labores asistenciales en sanidad o alimentación para personas con fuerte vulnerabilidad. Además, cuentan con supervisores que se encargan de que los jóvenes accedan a un programa educativo que les permita integrarse en la ciudad.

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