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El último de la fila

3 El británico Ringo Starr acaba de ser distinguido por Isabel II con el título de ‘sir’. Un honor tardío para el baterista de los Beatles

 

El último de la fila -

RAMÓN DE ESPAÑA
07/01/2018

Su graciosa majestad británica se ha tomado su tiempo para otorgarle el título de sir a Ringo Starr, nacido como Richard Starkey en el Liverpool de 1940 y famoso por haber formado parte del grupo musical más popular de todos los tiempos, los Beatles. Pero no veamos muestra alguna de desprecio en esa demora: la reina, probablemente y como casi todo el mundo, se olvidó de que Ringo seguía vivo hasta que un secretario o secretaria le dijo algo parecido a esto: «¿Y si hacemos sir a Ringo Starr, que ya tiene una edad? ¿Que quién es Ringo Starr? ¡El batería de los Beatles! ¿Méritos musicales? Bueno, majestad, más bien escasos. De hecho, toda su contribución a la obra del grupo se reduce a dos canciones de tono tabernario y un pelín pachanguero: Don’t pass me by y Octopus’s garden. A veces, Lennon y McCartney le dejaban cantar, pero siempre el material más humillante y chocarrero. ¿Que si el público le respeta como músico? Bueno, digamos que se le tiene cariño. Haga feliz a ese anciano, majestad, y nómbrelo sir. Es un gran inglés. Piense que votó a favor del brexit…».

No me parece una exageración afirmar que a Ringo Starr nunca se lo ha tomado en serio nadie. Con los Beatles ejercía, al mismo tiempo, de baterista, bufón y mascota.

Antes de los Beatles, nuestro hombre tocaba en un grupo de Liverpool llamado Rory Storm & the Hurricanes, del que nadie se acuerda hoy día, aunque alcanzó cierta gloria a nivel local. Si Lennon y McCartney no llegan a fijarse en él, hartos de la irresponsabilidad permanente y falta de profesionalidad de Pete Best, Ringo nunca habría pasado a la historia y sería un músico olvidado más. ¡Pero al hombre le tocó la lotería! Y yo creo que se lo merecía después de una infancia espantosa: a los seis años, recién divorciados sus padres, tuvo una peritonitis que lo dejó en estado de coma durante 10 semanas; a los 13, una pleuresía lo mantuvo dos años en un hospital, donde, por lo menos, aprendió a tocar el tambor. En la adolescencia, pasó por algunos grupos de skiffle –subgénero olvidado cuya principal estrella fue Lonnie Donnegan, muy influyente entre todas las bandas del Mersey Beat–, acabó con los Hurricanes y se sacó el premio gordo al ser fichado en Hamburgo por Lennon y McCartney. A partir de ahí, lo único que tuvo que hacer fue, como en la canción de Buck Owens que él mismo versionaría, actuar con naturalidad.

Poco dotado para la composición musical, se limitó a fabricar dos canciones para los Beatles, como decía Nigel, el secretario, y a interpretar algunas ajenas que se prestaban a su tono de voz y podían confundirse con el género musical preferido de Ringo. Cuando los Beatles se disolvieron, Ringo, para no ser menos, empezó a publicar discos. Lo mejor que se puede decir de ellos es que resultan agradables de oír, y lo peor, que no aportan nada a la historia de la música.

El primero, Sentimental journey (1970) ya fue toda una declaración de principios: mientras Lennon y McCartney se esforzaban en dar lo mejor de sí en sus primeros pasos en solitario, Ringo nos endilgó una serie de versiones de clásicos británicos y norteamericanos con su gangosa voz habitual. Su intento más loable de fabricar un álbum decente data de 1973, con Ringo, que contenía la estupenda Photograph y una versión muy graciosa del You’re sixteen de Johnny Burnette.

Su paso por el cine tampoco puede definirse como glorioso, aunque le sirvió para conocer a su segunda y definitiva esposa, Barbara Bach, durante el rodaje de El cavernícola (1981). En 1988, ambos pasaron una temporadita en un rehab de Tucson, Arizona, para quitarse de la bebida. Y, por cierto, el hijo mayor de Ringo también toca la batería. Y parece que mucho mejor que él.