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VIOLENCIA RACISTA

La mecha del racismo prende en los EEUU de Trump

Tres muertos en Charlottesville (Virginia) en una jornada de violencia por una manifestación de supremacistas blancos. Críticas bipartidistas al presidente por su negativa a condenar expresamente a neonazis y extrema derecha

 

Manifestantes vuelan por los aires cuando un vehículo arrolla a un grupo que se manifiestaban en contra de los blancos-nacionalistas en Charlottesville. - RYAN M KELLY

IDOYA NOAIN / NUEVA YORK
13/08/2017

La violencia racista ha estallado con toda su fuerza en los Estados Unidos de Donald Trump, un país donde las nuevas generaciones del Ku Klux Klan se han quitado la capucha y los neonazis marchan exultantes y con orgullo, arropados por otros estadounidenses organizados en milicias mientras, con representantes de la derecha radical en su equipo, el presidente se resiste a distanciarse claramente de esos grupos.

 Este sábado tres personas han muerto en Charlottesville (Virginia) en una caótica y violenta jornada provocada por la convocatoria de una manifestación de extrema derecha, a la que han respondido contramanifestantes. Una de las muertes, la de una mujer de 32 años, se ha producido cuando un coche ha arrollado a algunos de esos contramanifestantes, dejando también 19 heridos, que se suman a otros 14 lesionados en los enfrentamientos. Las otras dos muertes han sido consecuencia del accidente de un helicóptero de la policía que seguía desde el aire las protestas.

 El ataque con el coche ha sido intencionado según algunos testigos y los indicios a los que apuntan los vídeos, reminiscentes de las imágenes de atentados en Niza o Londres. Por él ha sido detenido y acusado de cargos que incluyen el de asesinato en segundo grado un joven de 20 años de Ohio, James Alex Fields Jr. Y el Departamento de Justicia ha empezado a investigar como un caso de derechos civiles.

La condena de Trump

Trump ha condenado los hechos pero tanto sus mensajes en Twitter como sobre todo la declaración que ha hecho desde Bedminster (Nueva Jersey) han sido ampliamente criticados. Al hablar ante la prensa el presidente ha condenado “en los términos más contundentes posibles esta atroz muestra de odio, intolerancia y violencia” pero la ha atribuido en dos ocasiones a “muchos bandos”. Y esa equidistancia, y el hecho de que en ninguno de sus mensajes haya denunciado directamente a los grupos racistas, le ha granjeado un aluvión de críticas, incluso desde su propio partido.

 Entre los republicanos, el senador Marco Rubio ha escrito en Twitter que “es muy importante para la nación oír al presidente describir los hechos de Charlottesville como lo que son, un ataque terrorista de supremacistas blancos”.

 La congresista Ileana Ros-Lehtinen también ha usado la red social para escribir que “los supremacistas blancos, los neonazis y los antisemitas son la antítesis de nuestros valores americanos” y asegurar que “no hay ‘otros bandos’ en el odio y la intolerancia”. Y el senador Orrin Hatch ha reclamado “llamar al diablo por su nombre” y ha añadido: “Mi hermano no dio su vida combatiendo a Hitler para que las ideas nazis se queden sin oposición aquí en casa”.

 La tibieza de Trump reabre para él un frente que ya le persiguió en campaña: su negativa a distanciarse claramente de los grupos de supremacistas y nacionalistas blancos que respaldaron su candidatura. Uno de los líderes de esos grupos, David Duke, que fue líder del KKK, había asegurado el sábado en Charlottesville que la manifestación, organizada bajo el lema de “unir la derecha”, representaba un punto de inflexión. Estamos decididos a recuperar nuestro país, vamos a cumplir las promesas de Donald Trump”.

 Duke ha sido también uno de los pocos que ha considerado que el presidente, que tiene en su equipo a agitadores de la derecha radical como Steve Bannon, Stephen Miller y Sebastian Gorka (vinculado a un grupo nazi en Hungría), les había atacado con su declaración de condena: “Recuerde que fueron los americanos blancos los que le pusieron en la presidencia, no los izquierdistas radicales”, le ha escrito en Twitter.

 Capuchas fuera

La protesta de Charlottesville era la mayor convocada hasta la fecha dentro de una ola de manifestaciones similares de extrema derecha organizadas en diversos puntos del sur del país alrededor de la retirada de símbolos y monumentos de la Confederación, el bando proesclavista derrotado en la guerra civil estadounidense. En todas ha habido enfrentamientos entre los extremistas blancos y contramanifestantes, entre los que ha habido algunos radicales antifascistas, pero la violencia no había llegado hasta los extremos de este sábado.

Las tensiones empezaron el viernes, cuando los supremacistas blancos hicieron una vigilia en el campus de la Universidad de Virginia en la que llevaron antorchas (despertando los ecos de los peores linchamientos del KKK) y lanzaron eslóganes racistas y nazis como el “sangre y tierra”.

 El sábado por la mañana, con los mismos mensajes y símbolos de odio y con emblemas de la campaña de Trump, acompañados por paramilitares fuertemente armados, volvieron a tomar las calles, dispuestos a realizar la manifestación prevista en el parque de la Emancipación, de donde el Ayuntamiento ha decidido retirar la estatua del general confederado Robert E. Lee. Antes de llegar hubo enfrentamientos con gases lacrimógenos y golpes entre los racistas y grupos de contramanifestantes y el gobernador decidió declarar el estado de emergencia y prohibir la manifestación.

 Fue cuando los diversos grupos empezaban a dispersarse cuando el coche conducido por Fields arrolló a varios de los contramanifestantes. Por la noche en todo el país se organizaron vigilias en honor a los fallecidos y heridos en Charlottesville.