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GUERRA CIVIL EN ORIENTE PRÓXIMO

El negocio del hambre en Siria

Activistas sirios denuncian que el régimen del presidente Asad ha cortado desde hace dos meses la entrada de alimentos y medicinas en la zona rebelde de Guta

 

Dos niñas sirias recorren su escuela, destrozada el día anterior por los ataques áereos de la aviación gubernamental, en la sitiada ciudad de Saqba (Guta Oriental), el 9 de noviembre. - / AFP / AMER ALMOHIBANY

EL PERIÓDICO
09/11/2017

El hambre, según el escritor argentino Martín Caparrós, no es una cuestión de capacidad de obtener alimento, sino una cuestión política. Los humanos, explica este escritor, tenemos capacidad de sobra para poder alimentarnos todos; pero la comida que hay no llega a todo el mundo. «El de hoy es el hambre más canalla de la historia», dice Caparrós.

Y, seguramente, el hambre más canalla del hambre más canalla está, hoy, en Siria: allí, la falta de comida no es solo una cuestión política. Es una cuestión de poder.

Un poder, por supuesto, con nombre y apellidos. «Hace unos meses el régimen de Bashar el Asad destruyó el túnel por el que el alimento llegaba a Guta desde Damasco. A partir de entonces, después de derribarlo, el Gobierno enviaba de tanto en tanto algunos camiones con pan y leche. Pero desde hace dos meses han dejado de llegar: desde hace dos meses no hay comida en Guta», explica a EL PERIÓDICO un periodista sirio que se encuentra en la ciudad.

Este periodista, que prefiere no dar su nombre por las posibles represalias que pueda sufrir si es capturado por el régimen, explica que, hace cuatro meses, Damasco y Rusia -aliada de Asad en la guerra- les prometieron que los combates en Guta cesarían, y que el flujo de comida se restablecería. «Pero nada de esto ha pasado, sino que las cosas, cada día que pasa, van a peor».

Guta, una ciudad cerca de Damasco, está controlada por los rebeldes sirios. En ella, se calcula, viven 400.000 personas, a las que Asad, con este sitio, quiere doblegar para que se pasen a su lado: para ganar la guerra.

«Lo que está pasando en Guta es un escándalo, y podría constituir un crimen de guerra», señaló la semana pasada la ONU, que, según indicó, consiguió que un convoy de camiones con alimentos y medicinas para 40.000 personas entrara en la ciudad. Su papel en el conflicto sirio es complicado: las Naciones Unidas, si quieren ayudar a la población, si quieren que entre algo de alimento en Guta, pueden denunciar el pecado, pero no el pecador. No pueden señalar a Asad.

Pero pasar hambre, en Siria, no es un verbo reflexivo sino activo: el hambre no se pasa; te la hacen pasar.

Sacarle rédito


El régimen, además, explica el periodista que está en Guta, gana dinero con todo esto. «Casi no hay comida y, la que hay, tiene unos precios desorbitados. Es el propio régimen quien la entra y dispara los precios para, así, ganar una fortuna con las ventas. Un kilo de azúcar, por ejemplo, vale 20 dólares». En España, país que no está en guerra, con un poder adquisitivo infinitamente mayor que en Siria, vale 1,60 euros.

Los refugiados sirios que están en el exterior -la gran mayoría de los cuales huyeron de los ataques del Ejército de Asad-, dice, mandan dinero a sus familias para que puedan sobrevivir, y ellas se lo gastan todo en comprar algo para comer. Y el dinero, al final, termina en las arcas de Damasco.

«Hay veces que no tenemos verduras por semanas. Cuando los alimentos llegan sus precios son extraordinariamente altos, y nuestros clientes son pobres. ¿Cómo pueden pagar por sus necesidades?», explica un dependiente de una tienda de alimentos en Guta a la televisión Al Jazira, el único medio internacional que ha podido entrar en la ciudad durante el sitio.

Los problemas, además, no son solo con la comida: las medicinas tampoco pueden entrar. Antes, los hospitales de Guta recibían ayuda de oenegés internacionales, que pagaban por los tratamientos.

Ahora, Damasco les niega la entrada. «Solíamos darles a los pacientes medicina gratis, pero esto ya nos es imposible. Nos estamos quedando sin suministros. Si no llegan, en un mes tendremos que cerrar el hospital», explicaba, hace dos semanas, un médico a Al Jazira.

Todo esto, evidentemente, se cobra un precio. Más de 1.100 niños han sufrido de desnutrición en esta región en los últimos tres meses, según Unicef. Otros 1.500 más, dice la organización, están en riesgo de seguir el mismo camino. Se ha documentado, de momento, la muerte de dos niños por malnutrición en el último mes. Pero la malnutrición no es, en Guta, el único peligro.

El 30 de octubre una guardería de la ciudad fue bombardeada. En el ataque -perpetrado por la aviación rusa o la de Damasco-, según activistas, no hubo muertos, pero sí bastantes heridos. Después de este suceso, que fue capturado en imágenes, las escuelas tuvieron que cerrar por miedo a más ataques: a los niños de Guta, bombardeados, asediados y matados de hambre, también se les priva de la educación.