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CICLISMO

Antón santifica el regreso de la Vuelta al País Vasco

La victoria del vizcaíno transforma la carrera en una fiesta

SERGI LÓPEZ-EGEA 10/09/2011

No era el Tourmalet, ni el Galibier, ni el Aubisque, ni Alpe d'Huez. Tampoco el alto de El Vivero figuraba en los diccionarios ciclistas. Solo se sabía que era el lugar habitual y corriente de entrenamiento de Igor Antón, la montaña que precede a la cuesta que lleva al santuario de Begoña, bella virgen, a las afueras de Bilbao, territorio vetado hasta ayer a una carrera bautizada como la Vuelta Ciclista a España.

Puerto de las Muñecas, frontera entre Cantabria y Vizcaya, 14.45 horas, el pelotón corona la cumbre y penetra en las carreteras vascas. ¿Qué pasará? Igor Antón se prepara para ser el héroe de una jornada histórica. En lo extradeportivo, las fuerzas especiales de la Guardia Civil, agentes como armarios, con casco y pasamontañas, custodian a veonte aberzales, que recuerdan que la carrera no es bienvenida.

Pues para decir que la prueba no era del agrado del público vasco era necesario taparse los oídos y los ojos, porque el 9 de septiembre del 2011 pasará a la historia del ciclismo por ser el día en que se batieron todos los récords de espectadores en la carretera y la jornada en la que la Vuelta se transformó en Tour de Francia. Difícilmente de haber sido la grande boucle la protagonista, habría habido más gente en El Vivero y en las calles de Bilbao.

Antón, el chico de la casa, no solo santificó el retorno de la Vuelta a Euskadi tras 33 años de ausencia, sino que provocó una ola de fervor popular. Jamás se había visto nada igual, nada que se parezca en las victorias más trascendentales en los últimos 21 años de Tour. Jamás se había escuchado tal griterío en una llegada, como si los espectadores de un campo de fútbol abarrotado festejaran durante más de 15 minutos seguidos un gol. No se sabe qué ocurrirá hoy en la segunda etapa vasca, pero como gane otro corredor del Euskaltel, alguien se volverá loco.

ñHa sido una pasada ver tanta gente en Bilbao, contemplar los monumentos desde la bici, los lugares por donde entreno. Era como una ilusión lejana. Esta afición vasca se lo merecíaO, repitió Antón, contagiado por ese brote de apasionamiento colectivo.

 

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