Aragón
Miércoles 10 Febrero 2010
23/02/2005 JOSE LUIS DE ARCE
La sociedad española se vacunó contra los tics autoritarios que de vez en cuando la acechan con los acontecimientos del 23-F del 81. La vacuna mantiene, afortunadamente, sus efectos hasta esta orilla de nuestros días, cuando estamos ya cerca de cumplir un cuarto de siglo de aquélla infortunada fecha. En estos años, sin duda, se ha consolidado y reforzado notablemente aquélla democracia incipiente, inexperta, vigilada y amenazada; es impensable hoy algo semejante si consideramos la madurez del pueblo español, que ha vivido la más larga etapa de paz fructífera de su historia; es impensable, con unas fuerzas armadas que ya no piensan que son los iluminados salvadores de la Patria de puertas hacia dentro; es impensable si entendemos que nuestro sistema ha funcionado a la perfección, permitiendo la normal alternancia en el poder, en sucesivas ocasiones, sin más traumas que las rabietas de los cesantes, por cierto no siempre políticamente correctas.
De todas formas, y a estas alturas, ya no debiéramos hablar de estas cosas. Las grandes democracias históricas no se miran tanto el ombligo: han asumido como consustancial a su misma existencia como sociedades maduras las reglas de la democracia, y se limitan a practicarlas como algo plenamente normal y cotidiano. Aquí, sin embargo, estamos perdiendo el norte y convirtiendo el ejercicio de la política en un patio de Monipodio. La sociedad española no recibe de buen grado ese permanente estado de bronca y trifulca que por un quítame allá esas pajas están organizando los partidos; quizá a estas alturas lo que todos deseamos es más gobernación y menos espectáculo grotesco que deteriora la credibilidad democrática. Qué lamentable espectáculo, por ejemplo, ver ocupados a los líderes políticos en las más disparatadas interpretaciones del reciente referéndum sobre la Constitución Europea disputándose la propiedad de unos votos que pertenecen, en exclusiva, a una ciudadanía mayor de edad.
Al cabo de los años, nuestra clase dirigente tendría que haber aprendido ya que la política es algo más que cooptar para mantenerse en el poder: la política es ocuparse de los asuntos de los ciudadanos, atender sus demandas, organizar sus comodidades y servir a sus intereses; construir entre todos una sociedad mejor. Y para eso están ustedes ahí. La descalificación, el exabrupto y la crispación son el lado más perverso de la acción política, que así se degrada y se aleja del aprecio ciudadano.
Queda lejos la sombra de aquel irrepetible y desdichado 23 de febrero; pero el navajeo bochornoso entre muchos de nuestros políticos, el tono de rencilla constante y el grueso calibre de las facturas que se pasan unos a otros convierte nuestro escenario público en una pelea barriobajera e indigna de una democracia europea del siglo XXI.
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