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Martes 9 Febrero 2010

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LA LEY DEL DESORDEN

No hay paisaje en la India que no esté cruzado por un tren destartalado del que cuelgan hombres. Pocos extranjeros se atreven a internarse en esa jungla, porque hace falta una especial pericia para entrar y salir.

12/07/2006 LOLA Campos 

A vista de extranjero, no hay paisaje en la India que no esté cruzado por un tren destartalado del que cuelgan hombres agarrados a las barras de las puertas. Son los que no han podido ocupar un sitio en los pasillos, en las plataformas o sobre los pies de otros viajeros. En la estación de Mira Road, donde Bombay pierde definitivamente su fisonomía de ciudad cosmopolita, uno puede encontrarse con niños abandonados, abuelos desquiciados, vendedores improvisados o, sencillamente, con trabajadores que encorbatados o casi desnudos van al centro a ganarse la vida. A la tarde vuelven en el mismo desorden y se encuentran otra vez con los niños, los abuelos y los vendedores.

Parecido en la estación de Borivli, y en las demás. Por los arrabales de Bombay no suelen ir los turistas, que prefieren comprar en la céntrica calle Colaba. Si acaso se acercan los conocidos de los religiosos extranjeros que aún sostienen la bandera de las misiones. Son zonas donde hacen una labor impagable los jesuitas, los franciscanos o las hermanas de la Caridad de Santa Ana. Gente como la religiosa aragonesa Primi Vela, que dirige en Mira Road una casa en la que viven doscientas niñas que han sido recogidas y rescatadas de la miseria en la calle y en las estaciones. Estaciones como las que ayer quedaron reventadas por las bombas son el lugar preferido para el abandono de niños, ancianos y adultos enfermos en la confianza de que alguien los verá.

LOS VIAJEROS viven al margen de estas contingencias, porque bastante tienen con lo suyo. Cualquiera con dinero puedo ocupar un vagón de primera, que ofrece espacio y comodidad. Suelen ocuparlo sobre todo mujeres, porque ahí están a salvo de empujones y presiones nada pudorosas. Las indias son especialmente pudorosas, y llevan también de viaje sus símbolos de casadas y la marca de haber ido al templo. Se saludan con educación y hablan con confianza. La literatura india está plagada de escenas en tren, de vidas contadas durante largos viajes en los que las mujeres reflexionan sobre la lucha entre la tradición y la modernidad. O donde se confiesan sus desengaños amorosos tras un matrimonio amañado, otra gran preocupación de la India actual.

India es un continente atravesado por largas vías de tren que son venas que conectan la vida de norte a sur. Bombay es una megalópolis que necesita el tren para funcionar a diario. En los vagones de segunda categoría viajan hombres y mujeres, niños y adultos, personas de toda clase y condición que van apretándose a medida que el tren marcha. La city financiera, comercial e industrial queda casi siempre lejos de casa. Todos viajan en perfecto desorden, con un silencio misterioso. Más que conversaciones hay miradas.

En el vagón nadie desconfía de nadie, incluso todos te ayudan a que no pierdas el bolso o los zapatos. Pocos extranjeros se atreven a internarse en esa jungla, porque hace falta una especial pericia para entrar y salir de estas jaulas en las que hay momentos en que desaparecen de tu vista los viajeros que antes veías sentados. Incluso te cuentan que a veces alguno no ha llegado a su destino porque, en medio del forcejeo, la muerte ha pasado factura. Para un occidental no hay acontecimiento de masas que pueda compararse a esta concentración de cuerpos morenos, olores especiadas y ojos de mirada indefensa.

LOS CANALLAS que han roto este desorden respetuoso, los salvajes que han puesto gritos de dolor en este silencio multitudinario, no tienen alma. Nunca tienen alma los asesinos, pero cuesta imaginarse un caos mayor que el habitual en las estaciones de tren de Bombay. Cuesta ver desconfianza en los ojos de los indios. Cuesta pensar que las indias recatadas estén hablando de otra cosa que no sean los afectos y las tradiciones.

Me resisto a pensar en los niños abandonados y los abuelos desquiciados. Lo que Bombay necesita no es, precisamente, más dolor, ni más muerte ni más caos. Alguien se ha acordado de los olvidados y maldita la hora.

Concejala de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Zaragoza y periodista

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