Opinión
Miércoles 10 Febrero 2010
16/04/2008 ANTONIO Aramayona
Un día fue el ántrax: todo el mundo hablaba solo de esa supuesta amenaza terrorista y el tema ocupaba las cabeceras de todos los medios de comunicación hasta que fue desapareciendo sin apenas dejar rastro en la memoria. En otras ocasiones, fueron las vacas locas, la fiebre aviar, la asignatura Educación para la Ciudadanía, el matrimonio entre homosexuales o el desmembramiento de España a manos de los nacionalismos
En todos los casos se ha ido cumpliendo la misma constante: aparición fulgurante y masiva de un hecho o una noticia para ir desvaneciéndose después sin apenas dejar huella. Más de uno se ha preguntado en cada ocasión si lo que en algún momento se considera "actualidad rabiosa" no es en realidad objeto de manipulación, tanto por lo que muestra explícitamente como por lo que indirectamente silencia.
Ahora el tema de mayor actualidad parece ser la grave lesión de los derechos humanos en Tíbet por parte de China. El detonante ha sido el paso de la antorcha olímpica por importantes ciudades europeas y americanas, que ha provocado grandes protestas en sus calles y que ha llevado a plantear en algunos foros internacionales el boicot a la ceremonia de apertura de los juegos e incluso el boicot de los mismos. Parece innegable que China ha estado realizando la política de tierra quemada en importantes aspectos de la cultura y la estructura social en Tíbet, conculcando a veces fuertemente los derechos humanos de los tibetanos. Sin embargo, apenas nos preguntamos si en alguna otra época les ha ido mejor o peor en sus derechos humanos y civiles, pues hasta hace unos días el asunto no había merecido un minúsculo rincón de algún noticiario del mundo.
Cada día aparecen, a pesar de la censura china, imágenes de las protestas y la represión china en Tíbet, pero no recordamos haber visto a una sola mujer en la vía pública. Las mujeres han permanecido siempre en la oscuridad de la nada, pues han estado dedicadas solo a parir monjes y braceros. Los derechos de las mujeres tibetanas, la mitad de la población, nunca han sido reconocidos, jamás se han hecho efectivos. Desde el siglo VII, Tíbet ha sido posesión de unas cuantas familias nobles, numerosos monasterios budistas y algunos pequeños terratenientes. De hecho, más de la mitad de la población son siervos de la nobleza y de los monjes. Básicamente, la estructura social y económica ha permanecido hasta hace unos años intacta, bajo los principios incontestados budistas. En un régimen teocrático y clasista como el tibetano, los derechos civiles y humanos consagrados en la Carta de las Naciones Unidas apenas han existido para una parte considerable del pueblo tibetano. Sin embargo, nunca jamás nadie había movido hasta hoy una ceja en favor de la libertad y los derechos humanos en Tíbet. Con los chinos los derechos humanos han sido atacados. Sin los chinos, solo bajo el régimen del Dalai Lama, buena parte de esos derechos brillaría por su ausencia, pero quizá al resto del mundo ya no le importaría, y algunos famosos del cine, confesos budistas, seguirían irradiando su glamur por el mundo publicitando a Tíbet.
Los chinos no invadieron Tíbet. Fueron los británicos quienes en 1906 convirtieron a Tíbet en protectorado para garantizar así vías seguras para sus intereses comerciales hasta el Índico. Esos mismos británicos, junto con los rusos, dieron a China un año después la soberanía sobre Tíbet, aunque después lo declararon solo región autónoma de China. Desde entonces, buena parte de las protestas tibetanas se han debido a que China ha tratado de llevar a cabo una reforma radical de la posesión de tierras y de la organización social en Tíbet, con la consiguiente conmoción de sus seculares estructuras religiosas y tradiciones culturales.
Desde el conocido Golden Gate de San Francisco colgaba la semana pasada una enorme pancarta exigiendo un Tíbet libre, pero nunca han colgado una pancarta pidiendo lo mismo para Palestina o Irak. Hace poco tiempo vimos a Fernando Alonso pilotando su Renault en el circuito de Fórmula 1 de Bahrein, mas a nadie se le pasó por la cabeza si allí se respetaban o no los derechos humanos. Eso no es de actualidad, como tampoco lo son, por ejemplo, los centenares de millones de hambrientos en el mundo o los 23 millones de refugiados, víctimas de la violencia y la guerra. ¿Para cuándo un boicot a todos los países que perpetran o consienten atentados contra los derechos humanos y civiles? ¿Cuándo la razón, y no la inercia iniciada desde recónditos intereses económicos y políticos, guiará los pasos y las miradas del hombre?
Profesor de Filosofía
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