Opinión
Martes 9 Febrero 2010
14/10/2003 JORGE M. Reverte
Nadie se ha alegrado, nadie ha disfrutado con la muerte del sargento primero del Aire y agente del Centro Nacional de Inteligencia José Antonio Bernal. Los impresentables augurios del presidente del Gobierno, José María Aznar, no se han cumplido, porque no podían cumplirse. Desde el jueves, una sensación grave de pesadumbre recorre los círculos políticos. Hay ya dos muertos entre los militares españoles destacados en Irak, y otros dos muertos entre los periodistas. Los periodistas habrían caído en todo caso, fuera cual fuera la política exterior española. Bernal ha sido asesinado porque representaba a nuestro país.
El capitán de navío Manuel Martín-Oar fue muerto por una explosión que destruyó la sede de las Naciones Unidas en Bagdad. Murió al tiempo que otras docenas de funcionarios del organismo internacional, incluido el alto representante en Irak. Aquella muerte fue también independiente de la política que se hubiera marcado el Gobierno español. Fue un atentado ciego, sin inteligencia política, de origen aún desconocido. Las huestes de Sadam Husein no estaban interesadas en ella salvo por uno de sus efectos: el aumento del caos en el país, que demostraría la incapacidad del Ejército norteamericano para controlar la situación.
AHORA, CONel asesinato de Bernal, el Gobierno se enfrenta a una situación muy complicada: comienza a haber víctimas españolas que se corresponden con una iniciativa política. Es decir, los asesinos han buscado a un español, un miembro de nuestra representación diplomática, para asesinarle. Es una acción política muy marcada y llena de contenido. De un calibre incluso mayor que el que habría tenido un atentado contra nuestras fuerzas militares.
Porque los militares se confunden de una manera evidente con el resto de las fuerzas de ocupación. Mientras que la selección de un objetivo diplomático revela una intención disuasoria dirigida contra un país. El nuestro.
La situación se vuelve tan delicada que puede llegar a provocar una tormenta de graves consecuencias. Porque Aznar ha tomado una serie de decisiones de mucha envergadura internacional que exigen la obtención de grandes apoyos de otras formaciones políticas para resistir en la trinchera donde se ha instalado.
Sin eso, el rechazo popular a la guerra, a nuestra entrada en Irak, puede crecer, alcanzar proporciones mucho más importantes que las que emergieron en marzo.
SIN EMBARGO, no hay ningún indicio de que el presidente saliente vaya a cambiar de actitud. El Gobierno de Aznar es el único que ha escatimado sus comparecencias públicas para explicar su decisión agresiva contra Irak.
Ha mentido de manera reiterada sobre las causas de la guerra, ha mentido sobre las fuentes que le garantizaban la existencia de armas de destrucción masiva, ha mentido y sigue mintiendo sobre el mandato que allí guía al contingente de soldados españoles. No es la ONU, como reitera Ana Palacio. Es el acuerdo con Estados Unidos y con Inglaterra para intervenir y ocupar el país.
En unas recientes encuestas, Aznar creyó encontrar la explicación a la situación: más del 60% de los españoles pensaban que había mentido sobre este asunto. Pero unas encuestas casi simultáneas le decían que no por eso había perdido apoyos electorales su partido ni había disminuido el aprecio por su figura.
PERO TODOesto pasaba sin muertos. Sobre el cadáver de Bernal, le va a costar mucho al Gobierno seguir edificando su gran coartada de la "guerra descontada". Si la lista de víctimas no casuales, las víctimas elegidas por representar a un país beligerante, crece, el Gobierno del PP va a tener que sortear la iracundia de una sociedad que parece en muchas ocasiones anestesiada, incapaz de traducir en términos políticos su desgarro y su indignación.
La muerte de Bernal no se puede explicar sobre la mentira y la calumnia a la oposición. Bernal ha sido una víctima de una decisión política. Lo grave es que esa decisión política ha carecido de la virtud del consenso, de la legalidad exigible a una acción de guerra (no de pacificación), y del apoyo de la población. Esperemos que Bernal sea el último caído. Pero sería conveniente que Aznar y Palacio meditaran sobre su cadáver. Y dejen de mentirnos. A su familia y al resto de los ciudadanos.
*Escritor.
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