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Diagnóstico de un desastre

La esperanza de los neorurales o de los emigrantes se esfumó con la crisis, nadie puede vivir en precario

 

ALBERTO Gonzalo
27/10/2015

Admitimos el término rural en contraposición de urbano, y como los urbanitas somos mayoría, lo asociamos con el lugar de donde viene la leche, los pollos... la comida. De esta forma se produce una reducción de lo rural a lo agrario aplicando el concepto de utilidad competitiva de nuestro mundo consumista. Evidentemente la agricultura y la ganadería son pilares fundamentales pero no únicos, el mundo rural es mucho más complejo que todo eso.

En segundo lugar hay que admitir ruralidades: ¿Son lo mismo las vegas levantinas y mediterráneas que los páramos leoneses? Evidentemente no, las primeras son rurales pero están perfectamente integradas en el mundo urbano de tal forma que, muchas veces, su forma de vida no difiere considerablemente de las ciudades más cercanas; las segundas son, por utilizar un término suave, marginadas; eso es la España Rural Interior, nuestro objeto de debate.

Esos espacios maltratados, desiertos, envejecidos no son sino el resultado de una revolución industrial que en España llegó tarde y con prisas: los grandes complejos manufactureros necesitaban cantidades ingentes de trabajadores mientras en el campo las máquinas dejaban sin trabajo primero a los obreros agrícolas, luego expulsaron a los pequeños terratenientes incapaces de asumir una modernización aceptable y finalmente a los hijos de los supervivientes en pos de unos estudios y una vida más prometedora. Sólo quedaron los agricultores más fuertes, solos, envejecidos, con pocas posibilidades de crear una familia: la población femenina fue la primera que emigró ante el espanto de verse recluida en un mundo patriarcal, cerrado, asfixiante.

Eso no es muy diferente de lo que ocurría en el resto del mundo occidental, sólo que en otros países, viéndolo venir, tomaron medidas, aquí no; en la España del tardofranquismo el campo era el depositario de las esencias patrias donde convenía que todo se mantuviera imperturbable, controlado por caciques que se erigieron en líderes de los campesinos supervivientes: ni deseaban, ni permitieron el mínimo atisbo de progreso.

Y en esto llegó la democracia... y fue peor, la evidencia del peso poblacional en las elecciones se hizo patente, los partidos buscaban el voto urbano dejando el rural en las manos de los mismos caciques de siempre que rendían pleitesía a Madrid a cambio de puestos de renombre. La entrada en el Mercado Común no cambió mucho las cosas, la PAC mejoró el poder adquisitivo de los agricultores pero se convirtió, junto a la distribución de los Fondos Estructurales, en un instrumento perfecto de clientelismo y además aceleró la despoblación; la lucha por controlar más hectáreas subvencionadas expulsó a los más débiles.

Los pueblos se trasformaron en colonias de jubilados con una pequeña parte de agricultores que en muchas ocasiones administraban sus haciendas desde la ciudad más cercana. Implacablemente los jubilados van desapareciendo y con ellos la necesidad de servicios públicos, son irrentables dicen; la pequeña esperanza de los neorurales o de los emigrantes se esfumó con la crisis, nadie puede vivir en precario y sin servicios.

A todo esto la Administración o administraciones a lo suyo, penalizan al mundo rural con los mismos impuestos que al urbano; las legislaciones, restrictivas, se aplican con una miopía imposible, intentar que un pobre tendero de pueblo cumpla las condiciones impuestas a una gran superficie es animarle a que cierre el negocio; y los recortes, ¡ay los recortes!, si en la ciudad son dolorosos en el pueblo son sangrantes ¿Qué hacer cuando te quitan el único autobús que te lleva a un centro de salud que ya funciona a medias? ¿Cuando los asistentes sociales ya no vienen porque con el paro hay mucho trabajo en las ciudades? Sólo una cosa: hacer la maleta e irse a casa de los hijos o a una residencia y dejar atrás el desierto de una vida que alguna vez fue y que probablemente no será jamás.

Todo esto es obvio, casi pueril, todo el mundo lo ve, todo el mundo lo sabe, pero hay que decirlo y enfatizar que no se trata de un problema de orden natural sino un problema con origen político y como tal debe de tener soluciones políticas que deben de partir de las instituciones y administraciones. Como se repitió hasta el infinito toda crisis viene acompañada de una oportunidad, acaso la crisis y una nueva refundación del tejido empresarial nos podía dar ocasión de revertir la dinámica rural-urbano. ¿De verdad a una empresa le compensa situarse en los saturados polígonos industriales de las grandes ciudades? El desarrollo de los medios de transporte y las nuevas tecnologías nos dicen que no siempre; el problema es que ese desarrollo debe llegar, en plano de igualdad, al mundo rural y para ello hace falta voluntad política quitándose las orejeras del voto deseado.

Miembro del Círculo Podemos Celtiberia-Mundo Rural