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Ética económica

Los agentes económicos, lo mismo que los políticos, asumen responsabilidades éticas en su propio campo.

JOSÉ Bada JOSÉ Bada 02/12/2008

Pero bueno, ¿eso qué es? Lo pregunto porque la ética no se vende, porque no está de oferta, porque vale o no vale, es o no es, y en modo alguno se degrada y se acomoda a la demanda. Si los empresarios, si los banqueros, necesitan una ética con rebaja, una ética de excepción en situaciones excepcionales o para personas excepcionales, privilegiadas, se equivocan. Ese no es el caso de la ética económica, que es ética para la economía o, mejor, en el campo de la economía. No para los empresarios o los banqueros que, como personas, deben atenerse igual que todos los otros a una misma ética. Pero de la misma manera que hablamos de una ética política, que es la ética aplicada en el campo de la política y no la excepción de la ética para los políticos, podemos hablar y es urgente hacerlo de una ética económica. Los agentes económicos asumen responsabilidades éticas en el campo de la economía.

Cuando se analizan los efectos colaterales que produce el sistema económico en su entorno, en la sociedad y en la naturaleza, esto es, los efectos perversos de la actividad económica, decimos que la causa no es otra que la racionalidad de un sistema orientado a conseguir el mayor lucro bajo condiciones de obligada competencia. Sin que importe mucho la conducta individual y los buenos deseos de una persona buena que, además, pueda ser o no un buen empresario. Los empresarios, individualmente tomados, se hallan ante un dilema cornuto de imposible escapatoria. Hagan lo que hagan les cogerá el toro: si no es en la plaza de la eficiencia económica y del mercado, será en el foro de la conciencia moral.

Una ética económica, esto es, que se haga responsable de la marcha de la economía y de las consecuencias que produce en su entorno, es una ética que apela a la responsabilidad colectiva. Si la causa de los males es colectiva, el remedio ha de ser colectivo. Una ética responsable de la economía y del mundo, que no se desentienda de la crisis pase lo que pase bien porque "Dios proveerá después de todo" y "sálvese quien pueda" o porque la "mano invisible" hace milagros; una ética que no prometa solo a la conciencia individual la satisfacción de las manos limpias y se responsabilice de la historia de la humanidad; que esté en el tajo, que haga lo imposible para que el mundo sea de hecho como debe ser y se aleje al menos de lo que nunca debió haber sido, es una llamada urgente a la acción colectiva. La cual no es hija de la voluntad general y ésta una suma de voluntades individuales, sino hija del consenso y la coordinación de voluntades individuales en el campo de la economía. Por tanto nada que ver con el descargo de la responsabilidad personal en una instancia superior: la responsabilidad moral se comparte, pero no se delega.

Desde este punto de vista es razonable proponer una especie de contrato social entre agentes económicos --empresarios y banqueros-- para introducir medidas de control de la actividad económica y financiera, sanear el sistema económico de prácticas parasitarias, de la avaricia que rompe el saco, y de prácticas incompatibles con la cooperación y la eficiencia de la economía en su conjunto, así como insolidarias con la humanidad y dañinas para la naturaleza. Dicha propuesta es todo lo contrario de una mafia para delinquir y un ejemplo de lo que entendemos por una ética económica.

No es pedirles demasiado si se les pide poner en razón a la economía y a las finanzas. No es pedirles demasiado si se les pide incluso dialogar con todos sobre lo que a todos importa y participar en el discurso público de la razón común sin renunciar a sus razones. No es pedirles demasiado si se les pide comprender que les interesa pensar en objetivos más humanos y más rentables también a largo plazo. Mientras se pida a la solidaridad organizada un "altruismo inteligente" con los pies en tierra de la sociedad real, no es pedirles demasiado si sólo se les pide que emprendan el camino de "un egoísmo ilustrado". Más acá del ideal, en este mundo, apenas hay diferencia entre un altruismo inteligente con los pies en tierra y un egoísmo razonable que sepa ver los mayores beneficios a mayor distancia. Lo mejor es enemigo de lo bueno, ya sea lo mejor el pájaro en mano que tienen unos o el ciento volando que reclaman otros. Filósofo

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