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El artículo del día

La heroína ignorada de la penicilina

El trabajo de Dorothy Hodgkin demuestra la labor callada y olvidada de tantas científicas

 

La heroína ignorada de la penicilina -

ADELA Muñoz Páez
05/02/2018

L a penicilina es una de las mayores aportaciones de la ciencia a la humanidad, dado que es la responsable directa de que la esperanza de vida se multiplicara por dos en el siglo XX. Por ello, si preguntamos por su descubridor muchas personas contestarán que fue el médico británico Alexander Fleming. Algunas quizá incluso sepan que ese descubrimiento se hizo por casualidad cuando Fleming observó que las bacterias no crecían alrededor del moho que había contaminado uno de sus cultivos bacterianos. Lo que sabe poca gente es que Fleming abandonó el estudio de la penicilina porque carecía de la pericia química para obtenerla pura.

Diez años después de su descubrimiento, la penicilina fue rescatada del olvido por un grupo de la Universidad de Oxford formado por el patólogo australiano Howard W. Florey y un bioquímico judío alemán, Ernst Chain, que la trataron con mimo hasta que pudieron obtenerla pura y comprobaron su eficacia para curar ratones infectados con estafilococos. Alimentando el moho con lactosa, consiguieron sintetizarla en pequeña escala, tan pequeña que la primera remesa no bastó para salvarle la vida al policía Albert Alexander, que había enfermado a causa de una herida infectada, mejoró tras ser tratado con penicilina y finalmente falleció cuando consumió todas las existencias de esta sustancia milagrosa. Aunque todo el mundo recuerda solo a Fleming, Florey y Chain obtuvieron el Premio Nobel, junto con él, en 1945.

Aunque Florey y Chain habían mejorado los métodos de cultivo del hongo y lograron multiplicar por diez la producción y reducir los costes, las cantidades de penicilina producidas seguían siendo una gota de agua en el mar de las demandas de los heridos de los campos de batalla. Por ello, en 1941 Ernst Chain decidió pedir ayuda a una joven química, Dorothy Crowfoot-Hodgkin, que usaba una técnica nueva que permitía ver dónde estaban los átomos en las sustancias cristalinas. Pensó que si conocieran la estructura de la penicilina, podrían idear un método de preparación que consiguiera satisfacer las demandas del ejército y de la población civil.

La técnica que usaba Dorothy, la difracción de rayos X, nació en Inglaterra a comienzos del siglo XX con el descubrimiento de los Bragg, padre e hijo, de la ley que lleva su nombre. Desde sus comienzos empleó esta técnica la primera hornada de mujeres que emergía de las universidades británicas, porque tanto los Braggs como su discípulo más brillante, John Desmond Bernal, eran firmes defensores de incorporar a las mujeres a la ciencia, lo que era excepcional en la Gran Bretaña de la época.

Tras haber hecho la tesis en Londres con Bernal, Dorothy trabajaba como profesora de ciencias en el College Somerville; aunque la Universidad de Oxford no le pagaba sueldo, le permitió instalar sus aparatos en el sótano del Museo de Historia Natural. Ya había descifrado la estructura de sustancias vitales, como el colesterol, y se entusiasmó con el proyecto de la penicilina aunque su situación no era fácil: tenía un sueldo escaso, una hija recién nacida, un hijo de dos años y un marido que trabajaba lejos de Oxford.

Esas dificultades no la desanimaron, tampoco los brotes de artrosis reumatoide que le estaban deformando las manos y le causaban tremendos dolores, pero la pequeña y milagrosa molécula se le resistió durante años. Tenía una estructura endiablada que hizo que su estudio requiriera un gran equipo humano que trabajaba a ambos lados del Atlántico y el concurso de los potentes ordenadores que entonces comenzaba a fabricar IBM.

Dorothy publicó la estructura de la penicilina en 1949, lo que permitió poner en marcha los primeros procesos de la síntesis de laboratorio de la sustancia que desde entonces ha salvado millones de vidas. En 1966 recibió el Nobel de Química por este trabajo así como por descifrar la estructura de la vitamina B12, primer paso para entender su papel en el organismo.

La próxima vez que tomemos un antibiótico debemos recordar que la ciencia es una tarea de equipo y que si a Fleming no lo hubieran seguido Florey, Chain y Crowfoot-Hodgkin, hoy muchos de nosotros no estaríamos vivos. Casos como el de Dorothy muestran que el trabajo de las mujeres científicas es imprescindible, a pesar de lo cual sigue siendo invisible, por lo que son necesarios días como el 11 de febrero, declarado por la ONU Día Internacional de la Mujer y la Niña en Ciencia.

*Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla.