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Sedimentos

El mundo al revés

Carmen Bandrés Carmen Bandrés
21/04/2017

 

La afición por medir y sopesar las cuestiones más sutiles incluye temas tan intangibles como la felicidad. Así, mientras una reciente encuesta subrayaba que los países escandinavos alcanzan en esta materia las máximas puntuaciones, no dejo de pensar que su alto nivel de educación y civismo tiene mucho que ver con tal resultado. Aún recuerdo que, además de sus elocuentes disculpas por la descortesía, en un restaurante de Copenhague se negaron a cobrarme el importe de una cena alegando el retraso del servicio; es este tan solo un detalle más de una ciudadanía cuyo comportamiento habitual no deja espacio para gritos estentóreos, bicicletas desenfrenadas, perros desmandados ni balones hostiles. Interesada por su ejemplar modelo de civismo, casi todas las respuestas que obtuve aludían a la educación como primera y primordial regla que ha de aprenderse en la infancia.

Por el contrario, parece como si algo más al sur, en el país de Gloria Fuertes, las cosas estuviesen al revés. Los perros, demasiadas veces descontrolados, disputan el espacio de niños y ancianos, en tanto que sus excrementos tapizan aceras y parterres y las mantas con las que se cubren son envidiadas por quienes poco tienen para enfrentarse al frío; ¡qué decir de otras manifestaciones cotidianas que tan mal nos dejan en comparación con las calles y jardines nórdicos!

Por fortuna, poco a poco, observo tímidos progresos que nos aproximan a lo habitual en Suecia y Dinamarca; de hecho, tal vez sea solo ya una minoría recalcitrante la que aún porfía por mantener tan insatisfactoria situación, en tanto que los más intentan tornar ese mundo del revés a su versión más civilizada merced al respeto y empatía hacia sus semejantes, especialmente cuando se trata de personas vulnerables. H *Escritora

2 Comentarios
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Por bisaurin 21:50 - 21.04.2017

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excelentes el articulo y posterior comentario.

01

Por José R. 20:55 - 21.04.2017

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Es usted muy cándida, señora Bandrés; un título más apropiado para el interesante artículo que hoy publica sería, ojo, sin exagerar: «España al revés» o «España, espíritu de contradicción» o, incluso, si me permite/n, «Pobres perros españoles, sus dueños son unos guarros». Porque, claro, los animales domésticos son un fiel, muy fidedigno reflejo de sus poseedores. Se supone que los canes no deben frecuentar lugares destinados a las personas, y si por razón alguna lo hacen, obligación es de quienes los sacan a pasear --¿será al revés?-- llevar unas pequeñas bolsas de plástico con las que recoger las catalinas que van dejando nuestros próximos representantes parlamentarios a este paso. Los chuchos, inofensivos «tranquilo que no hace nada, es muy cariñoso», ¡pero si casi se come una mano colgada y despreocupada en la espalda de un banco! Ocasiones así quizá sean las únicas donde los gamberros urbanos del pelotón vendrían bien. Esos «... balones hostiles...» no, «esas bolas de cañón» que lanzan unos pies torcidos bien podrían dirigirse al paso de ese del «tranquilo que no hace nada, es muy cariñoso» para que diga «cuida cariño ven por aquí, por ahí no vayas corazón, vamos». En fin, ya más en serio, sí que es cierto que no hay nada como viajar mucho para poder apreciar y comparar unas sociedades con otras. En Japón, por ejemplo, hay muchas cosas que de poderse empaquetar para venderlas en España harían millonario a alguien: el civismo de los ciclistas, la cortesía de los vecinos de un pueblo que saludan a desconocidos con una expresión natural y amigable, el tendero que agradece la visita con gracias repetidas as sus clientes «arigatou, arigatou, arigatou», la limpieza de las viviendas --¡qué lata tener que descalzarse cada vez que se entra en casa ajena!--, y los perros qué, no molestan a nadie. Van con su correa bien puesta pero si se desvían de su camino, de la persona encargada enseguida se oye «sumimasen, sumimasen, sumimasen». Buen artículo.

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