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El Periódico de Aragón | Miércoles, 23 de noviembre de 2016 - Edición impresa
CARLOS Carnicero
02/09/2015
Poco queda del Alexis Tsipras que fue aupado por el pueblo griego para restaurar su dignidad y terminar con la austeridad. El acuerdo que Grecia ha firmado con sus socios europeos equivale a que Tsipras, siempre descorbatado, deje de ser Alexis, vista de esmoquin y cambie su mediterránea dieta de tzatziki y berenjenas por el codillo alemán. En nuestro país, Podemos alaba su valentía. En realidad, teme seguir idéntica trayectoria si los electores le dan el poder.
Europa es un territorio fértil para el transformismo político. Hay ejemplos históricos. El socialista François Mitterrand comenzó su llegada al poder en 1981 rodeado de cuatro ministros comunistas y decidido a emprender --como Tony Judt lo bautizaría después-- un "fantasmagórico programa anticapitalista". Nacionalizó 36 bancos y otras tantas industrias clave, bajó la edad de jubilación y aumentó los días de vacaciones. En 1984 los comunistas se marcharon y a finales de la década Francia se sumó a la ola europea de privatizaciones. Aunque la izquierda aún no lo ha digerido, ya desde los 80 la revolución socialdemócrata a nivel nacional es una utopía que dura poco. Sin alianzas europeas no hay cambio posible. De ahí que la lucha solitaria de Podemos o Syriza esté condenada al fracaso.
La crisis del euro ha batido records de desconcierto en los electores que han votado cambio y han amanecido con caras nuevas pero sin alternancia en las políticas. La resaca está siendo larga y plantea un problema grave de legitimidad. Abrió la brecha José Luis Rodríguez Zapatero en mayo del 2010, cuando anunció los recortes que antes había negado. Después confirmó su transformismo cuando llevó a cabo la reforma del artículo 135 de la Constitución por la puerta de atrás en el tiempo de descuento. El presidente Rajoy celebró su llegada al Gobierno en el 2011 con toda una declaración de intenciones: "Dije que bajaría impuestos y los estoy subiendo... Pero las circunstancias obligan". En París, François Hollande olvidó pronto, tras llegar al palacio del Elíseo en el 2012, que había prometido --casi nada-- terminar con la austeridad en Europa y hacer que los superricos pagasen de verdad impuestos.
Es discutible el grado de dominio alemán sobre la UE, pero no tanto que el mayor promotor de las actuales reglas de juego --que sale caro querer cambiar-- es Berlín. En la Eurozona todos los líderes han terminado hablando alemán con mejor o peor acento, aunque ninguno tan rápido como Tsipras. Se ha convertido en menos de siete meses en guardián autóctono de la austeridad. Si logra la reelección con este nuevo envoltorio, su hazaña será legendaria.
El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, reveló al diario belga Le Soir que Rajoy se negó a discutir la reestructuración de la deuda griega por motivos electorales. El presidente español temía que una victoria de Tsipras, aunque fuera pírrica, pudiera allanar el camino a la Moncloa de Pablo Iglesias. El fracaso de Syriza, que gobierna pero no cambia nada, hace muy difícil que su partido hermano en España pueda demostrar que representa una alternativa radicalmente distinta.
Juan Torres, prestigioso economista de izquierdas que ha asesorado a Podemos, ha lanzado una pregunta pertinente: ¿es coherente apoyar el giro de Tsipras en Grecia y criticar las decisiones de Zapatero a partir de mayo del 2010? Pablo Iglesias repite: "¡Ojalá Zapatero hubiera hecho lo que Tsipras!", en relación a su nueva convocatoria electoral. Como si dar la palabra a los ciudadanos --un sano acto democrático-- pudiera ocultar los fracasos de un Gobierno.
Acosado ante la evidencia helena de que en la Unión Europea sale caro jugar la partida en solitario y proponer una partitura distinta, el líder de Podemos insiste en que España no es Grecia y ha escrito: "Nuestro país cuenta con mucha más fuerza como actor en Europa y con unas instituciones públicas capaces de disciplinar a nuestras oligarquías corruptas, improductivas y defraudadoras, simplemente haciendo cumplir la ley". ¿Pero no estábamos frente a un Estado corrupto, clientelar e incapaz que requería borrón y cuenta nueva?
La debilidad institucional de nuestro país se puede convertir de la noche a la mañana en fortaleza con tal de defender lo que casi nadie cree: que se pueden cambiar las reglas del juego en solitario desde Madrid, Atenas o Barcelona. Cada vez queda menos del Podemos que nació en la Puerta del Sol. No queda rastro de la renta universal. Ni tampoco de sus promesas de no pagar la deuda ilegítima. Tampoco son partidarios ya de reestructurarla. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, los líderes de Podemos han aprovechado el verano para tomar cursos intensivos de alemán.
Politólogo. Master Relaciones Internacionales de la UE, London School of Economics.
Por José S. 16:08 - 02.09.2015
Con este artículo el autor podría estar mostrando lo influyente que es la honda expansiva de las trapalas que lleva el Primer Ministro británico con su dichosa «renegociación» de la «relación» del Reino Unido con la Unión Europea. Lo que no es malo --la influencia de la vida política británica en uno, digo. Porque a simple vista el señor Carnicero ha descrito perfectamente lo que es de sobra conocido: Alemania corta el bacalao en la UE. Tanto que el enfadillo de doña Angela --pronunciado 'Ánguela', me dijo una maja amiga alemana-- con el señor Cameron y su tozudez en no querer inmiscuirse en la acogida de refugiados en tal número que satisfaga los planes de la gran jefa para la distribución de los desposeídos que llegan a las fronteras de la Unión, podría perjudicar el apoyo alemán a David Cameron. O éso piensa un sector de la prensa británica que está a la que salta con un referendo que ahora será para decidir si Gran Bretaña «permanece» o «sale» de la UE. Hasta ahora es la República Federal la que marca la política económica y, por ende, toda la demás de una Unión hecha a su medida. Retocar un poquitín aquí o allí la gestión de la UE no debería resultar en semejante plebiscito pero había que satisfacer a parte de la clase política británica que lo venía pidiendo desde principios de la década de los setenta cuando Gran Bretaña justo acababa de votar a favor de su continuidad en el entonces Mercado Común. En fin, veremos qué gónadas prevalecen al final. Perdón, pero venía esto a colación pues por aquí puede estar el camino de hacer que Alemania relaje algo el apretón de su pesada mano. A nadie interesa que se marche el gran mercado británico y lo que pide su Premier es que ciertos poderes políticos vuelvan a su país --para determinar su política social, por ejemplo. Qué cosa sería, aquel que tanto odia don Pablo, el Centro de Negocios londinense, él solito, devolviéndonos algo de democracia donde ni todo el pueblo griego hizo pestañear a la nueva Dama de Hierro.
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