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El poder y las palabras

Para mirar con ojos críticos la realidad es preciso tamizar las palabras que se usan para describirla.

JUAN MANUEL Aragüés JUAN MANUEL Aragüés 15/07/2011

Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo, resume, en un diálogo entre Alicia y Zanco Panco, toda una teoría sobre la ideología, el poder y las palabras. Dice Zanco Panco a Alicia, "cuando yo uso una palabra, quiere decir lo que yo quiero que diga... Ni más ni menos"; "La cuestión --le replica Alicia-- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes"; "La cuestión --zanjó Zanco Panco-- es saber quién es el que manda".

Lo que parece una broma, dentro de ese mundo absurdo y fabuloso creado por Carroll, no es sino una descripción exacta de lo que acontece en la realidad. Las palabras no son esos conceptos neutros que pretenden nuestros diccionarios, porque cuando salen de los mismos y bajan a la calle, se tiñen del modo de pensar imperante en una sociedad, de su ideología... Acudamos a los ejemplos. Derechos humanos. Si les pidiera que hicieran una lista de países que violan los derechos humanos, seguro que la misma vendría encabezada por países como Cuba, Corea del Norte, China, Irán; quizá alguien se acordara de nuestro vecino Marruecos; pero si se presentara una lista encabezada por España, Francia, Grecia o EEUU, se dibujaría una gesto de incredulidad en quien la leyera. Pero pensemos un poco la cuestión. Cuba, sin duda, vulnera derechos humanos, como los de libertad de prensa y expresión, o de asociación, qué decir de China con quien, a diferencia de Cuba --¡pobre Cuba!-- se hace la vista gorda. En ambos países se violan los derechos humanos de primera generación, es decir, aquellos que hacen referencia a las libertades formales arrancadas por las revoluciones burguesas al poder de la nobleza en los siglos XVIII-XIX.

Ahora bien, España y los países europeos violan los derechos humanos de segunda generación, los de índole económica y social --al trabajo, a la vivienda--, arrancados por la clase obrera en su pugna con la burguesía desde finales del XIX. Cinco millones de parados son cinco millones de violaciones de los derechos humanos. Se nos dice que garantizar los primeros es solo una cuestión de voluntad política de los estados, mientras que los segundos no dependen de los mismos. Pero eso no es sino una mentira, una excusa, de sociedades liberales que nacen con la voluntad de garantizar los primeros y olvidarse de los segundos. De la misma voluntad política y decisión estatal depende que alguien disfrute de libertad de expresión o de vivienda: solo se trata de desarrollar políticas que busquen esos fines. Lo que ocurre es que las sociedades liberales capitalistas camuflan su brutal violación de los derechos humanos bajo el concepto de libre mercado, que no es sino la declaración política de dejar la economía en manos de los poderosos y sin control. Por ello, teóricos como Sousa Santos entienden que los derechos humanos no deben ser parcelados, sino defendidos en su conjunto.

UN SEGUNDO y llamativo ejemplo. Violencia. La estigmatización de la violencia es una constante por parte de nuestra clase política, que ve en el aislamiento de los violentos un objetivo social prioritario. La violencia carece de legitimidad. Aceptemos el planteamiento. Pero diseccionémoslo. ¿Qué es violencia? La acción terrorista, la extorsión, el régimen de terror al que se somete a una población, tal como ETA nos ha mostrado durante años. Estamos de acuerdo. Así nace el calificativo de los violentos frente a los que se posicionan, imagino, los no violentos. Unos no violentos que incluso se dotaron de un instrumento político, la Ley de Partidos, para impedir la acción política de los violentos. Si repasamos dicha ley en su artículo 9, veremos que entiende que un partido puede ser ilegalizado cuando apoye a organizaciones terroristas, justifique atentados o legitime la violencia dirigida a acabar con el orden democrático. Si repasamos nuestra historia reciente, incluso muy reciente, vemos que los partidos mayoritarios, PSOE y PP, por boca de sus dirigentes, han apoyado acciones terroristas (Zapatero al justificar el asesinato de Bin Laden, Aznar al apoyar la ilegal intervención en Irak), han apoyado a organizaciones terroristas (en la guerra de Kosovo, ambos partidos apoyaron a la UÇK, una organización terrorista cuyas atrocidades vienen siendo recogidas por la prensa desde hace tiempo) y han apoyado la violencia contra instituciones democráticas (respaldo del golpe de Estado en Venezuela por parte del PP). Sin mencionar el militarismo constante en nuestras relaciones internacionales, gobierne el PP o el PSOE (curiosamente, con el mundo musulmán: Irak, Afganistán, Libia). Cabe señalar que el prestigioso reportero Gervasio Sánchez ha denunciado que el actual gobierno ha aumentado exponencialmente la venta de armamento a países no democráticos. Libia entre ellos.

En fin, Zanco Panco y Alicia protagonizan un cuento tradicionalmente entendido como infantil, pero que cobija profundas reflexiones filosóficas y, a lo que se ve, una descripción muy ajustada de los modos ideológicos dominantes. Pues las palabras son un instrumento del Poder. Por ello, para mirar con ojos críticos la realidad es preciso, fundamental, pasar también por el tamiz de la crítica las palabras que se usan para describirla. Lyotard dice que la revolución es una "ceremonia de reapropiación del mundo", un mundo que nos ha sido robado. Y una parte fundamental de ese robo, es el robo de las palabras.Profesor de la Universidad de Zaragoza

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