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La prisa mata más que la guerra

 

REYES Mate
02/02/2018

Por cuarto año consecutivo aumenta el número de muertos en las carreteras y ha sonado la alarma porque parece agotado el plan de reducción de víctimas que había funcionado en la última década. La reducción ha sido tan drástica –pasar de 3.841, en el 2004, a 1.200 muertos ahora– que corremos el peligro de fijarnos más en los que se han librado de la muerte que en los que realmente han perdido la vida en el asfalto.

Nada refleja mejor las miserias de nuestro tiempo que el lugar asignado a las víctimas viales. Las tratamos de accidentes y las ubicamos en las páginas de sucesos. Ahora bien, estos accidentes viales suman más que los muertos en conflictos bélicos. Después de la Segunda Guerra Mundial ha muerto más gente sobre el asfalto que en las trincheras. Las cifras son escalofriantes. Desde que se inventó el automóvil, 54 millones de muertos y unos 1.500 millones de heridos. La velocidad es la primera causa de muerte para jóvenes entre 15 y 29 años. Mueren en las carreteras del mundo al año un millón doscientos mil…

Es verdad que en los últimos años se ha intensificado la lucha contra la velocidad mejorando las carreteras, fabricando coches más seguros, intensificando la vigilancia y endureciendo los castigos o cuidando la formación de los conductores. Se ha conseguido mucho pero la vía parece agotada porque para seguir avanzando haría falta atacar un punto que es intocable, a saber, el prestigio de la velocidad.

Cada sociedad tiene su ritmo. La sociedad medieval, por ejemplo, se movía al ritmo del paso del hombre o del caballo y eso producía el sosiego de las catedrales románicas o del gregoriano. La nuestra tiene por santo y santo la velocidad de internet, que es la de la luz, es decir, casi la instantaneidad. Lo que interesa cuando partimos es llegar. El tiempo del trayecto es tiempo perdido. Nuestro ideal es la instantaneidad que es, como decía Eugenio Trías, un simulacro de eternidad porque en un caso y otro pensamos que anulamos la duración.

Ya decía Joaquín Xirau que el automóvil es el símbolo que mejor nos representa. Encarna, por un lado, el ideal de autonomía e individualidad porque nos ofrece la posibilidad de movernos libre y soberanamente. Es también el motor de la economía mundial. Por algo el nombre del crecimiento económico más exitoso lleva el nombre de un productor de coches: el fordismo. Henry Ford fabricaba coches y hoy reconocemos que sus productos tuvieron tanto éxito porque expresaban los ideales de felicidad de un mundo marcado por el progreso.

Se entiende ahora por qué rebajamos a meros accidentes a la plaga más letal de nuestro tiempo. Morir en la carretera es algo accidental, secundario, porque lo sustancial es la velocidad, el coche. Por eso son las víctimas viales las más desgraciadas de todas. Las del terrorismo pueden contar con la solidaridad de quienes defienden el principio del no matarás. Las de tráfico tienen en su contra la autoridad del progreso que todos respetamos y que nos lleva a rebajar cuando no a invisibilizar el coste humano que conlleva. No solo hay que mejorar las carreteras sino cuestionar el principio más sagrado de nuestra civilización: la prisa.

*Filósofo e investigador del CSIC