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JOAQUÍN Carbonell 17/01/2012

Uno de los misterios más solemnes de este fin de semana nos llega desde la insólita noticia del encallamiento de ese buque italiano, frente a una pequeña isla. Creo que el espectador que ha mirado la tele y ha visto ese coloso del lujo y la diversión, todavía debe pensar que se trata de una siniestra broma.

Lo que descoloca es la actuación de su capitán. Hombre, si algo hemos visto en nuestra juventud, han sido pelis de barcos, piratas, abordajes y capitanes. Nunca el argumento ha ubicado a uno de estos oficiales con síndrome de cobardica. Rectifico: casi nunca. Que un capitán abandone el negocio antes que sus clientes, es de otras épocas, porque parece ser que en las escuelas de naútica, lo primero que les enseñan es a morir con la gorra puesta... Este tipo se las piró después de montar una verbena del carajo. La verbena consistía en acercar el transatlántico hasta la orilla para saludar a la mamá del cocinero.

Vamos a ver, si resulta que para trasegar latas de sardinas en cualquier supermercado te funden a tests psicológicos, ¿cómo es posible que al capitán éste no le hicieran ni una prueba? Deduzco que no lo asaron a test porque si lo hubieran hecho habrían detectado su talante. Hubieran olisqueado que gustaba de la farra y el cachondeo. Y vamos, algo hubiera dicho Hermann Rorschach sobre su inclinación al riesgo...

No es que hay que encadenar al alegre oficial del barco, es que hay que meter cadena perpetua a los psicólogos que lo seleccionaron. Si había crisis ahora se suma la crisis de los cruceros.

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