El final de la vendimia y la caída de las hojas de los árboles señalan el comienzo de la agonía del mundo vegetal. El ciclo anual de la siembra y la cosecha se deificó en la Antigüedad en su acción recíproca con el mundo de los muertos, siendo las necrópolis no solo el lugar de entierro, sino también el del nacimiento a una nueva vida. La mitología griega (basada quizás en manifestaciones neolíticas) revela en el relato homérico sobre Deméter (Madre del trigo), que su hija Perséfone fue raptada por Hades, señor del mundo de los muertos y llevada al inframundo con él. Cuando Hades permitía a Perséfone regresar al mundo de los vivos, simbolizaba la llegada de la primavera y su descenso a los infiernos marcaba el comienzo del invierno. Se trata de un relato similar a la fiesta celta del Samhain que se celebraba en torno a las mismas fechas que nuestra festividad de Todos los Santos, marcando el final de la recolección y el paso a un nuevo ciclo vital. Esta manifestación consistía, simbólicamente, en la revelación de que, en lugar de acabar, la vida se transforma sin cesar, lo que ocurre del mismo modo en la naturaleza y la humanidad.

Al finalizar octubre, el período de tiempo que ha comenzado seis meses antes con la llegada de la primavera se acaba también. La naturaleza muere o adormece durante los fríos meses del invierno, y como el oso hibernado en su madriguera, no despertará hasta que presienta la llegada del buen tiempo (así se desvela también en los Carnavales de Bielsa, en los que la del onso es una figura fundamental). Llegado noviembre, las grandes fiestas patronales ya han acabado y a partir de entonces serán mínimas las celebraciones festivas; el primer día del mes, Todos los Santos; el 11, San Martín y el 30, San Andrés.

Noviembre es también el mes de las castañas, haciéndose visibles en ciudades y pueblos los puestos de venta de este fruto, asado a la brasa del carbón y que tanto apetece comer bien caliente cuando hace frío. Algo que saben muy bien en Galicia, cuya tradicional fiesta del Magosto (que se celebra en Todos los Santos y San Martín) se basa en comer castañas acompañadas del vino nuevo. Y como al olivo, y al ciprés, al castaño se le ha asociado tradicionalmente (al menos desde el siglo XVIII) con una simbología de carácter funerario, de tal manera que se pensaba que por cada castaña que se consumía en Todos los Santos y el Día de Difuntos, se salvaba a un alma del purgatorio.

En la noche de almas también se hacían hogueras, como las de San Antón o San Fabián y San Sebastián, y en torno a ellas se comía y bebía, dejando al final viandas y brasas para que los muertos pudieran satisfacer su hambre y calentarse al calor de los restos de las fogatas. También, antiguamente, desde las 12 del día de Todos los Santos, hasta el mismo del de Difuntos, las campanas de todas las iglesias de aldeas y pueblos tañían a muerto con la finalidad de guiar a las almas que en ese día vagaban, venidas del inframundo, para visitar a los vivos. Por eso, en el mundo anglosajón, es la Noche de Halloween la víspera de Todos los Santos, en la que los niños disfrazados (en un anticipo de la siguiente y cíclica fiesta del Carnaval) irán por las puertas de las casas pidiendo caramelos y golosinas a la pregunta de "truco o trato", y es que hay que complacer a las ánimas para que no interfieran en el mundo de los vivos.

De manera similar, en la cultura cristiana, el día de Todos los Santos se recuerda a los familiares difuntos, adornando las tumbas y nichos de los cementerios con ramos de flores, que simbolizan la vida. También en el mundo romano las familias veneraban a sus difuntos en un lugar reservado para ellos en las casas, con figurillas en terracota que reproducían sus rasgos. Antes de ser aceptado el Cristianismo por el Imperio de Roma, en el siglo IV, los primeros cristianos escogieron con preferencia para ser sepultados la proximidad de las tumbas de los mártires, donde esperaban ser visitados con más frecuencia y ser recomendados por las oraciones de familiares y amigos. Pero una vez finalizaron las persecuciones religiosas, en el siglo IV, las reliquias de los mártires fueron trasladadas a las ciudades y los restos mortales de los fieles se solían depositar en las inmediaciones o incluso dentro de las iglesias, si bien, en este caso, excepcionalmente y preferentemente por privilegio y favor de obispos, abades, alto clero, príncipes y demás personajes notables de la sociedad.

A partir del primer cuarto del siglo XX las leyes de salud pública preconizan la construcción de camposantos en cada pueblo, al tiempo que se prohíben los enterramientos fuera de ellos. En tiempo de la dominación musulmana de España estos lugares sagrados recibían el nombre de Mapbara, de donde deriva la palabra macabro; de ahí el nombre de las danzas macabras o danzas de la muerte, representaciones populares que desde el siglo XIV se celebraban en noches especiales, como la noche de ánimas, en las inmediaciones de los cementerios.

Ante la certeza de la muerte y la necesidad de aprovechar la alegría de la vida (Carpe diem) bien valdría tener presente el recordatorio de los monjes medievales: "Hermanos, morir tenemos. Ya lo sabemos".Historiador y periodista