Lo primero es obtener la información precisa sobre su composición, uso y aplicaciones para evitar los más peligrosos, los que pueden provocar cáncer, daños reproductivos o en el sistema nervioso central o asma. Hay que descartar los que tengan cloro en su composición y protegerse de los que irritan y provocan quemaduras. Y utilizar alternativas como el bicarbonato sódico, el ácido cítrico, los jabones de grasas vegetales, el sulfato sódico o el ácido acético.