Después de vivir 20 años en Estados Unidos, esta zaragozana regresó a su ciudad natal y quiso sentirse útil. Acude a clases de jardinería, de inglés y es guía para niños en el Parque Grande.

Su voz es dulce y llama a la calma. No es de extrañar que tenga tanto éxito entre los niños como guía del Parque Grande. Ahí les cuenta cosas sobre las plantas, los árboles y hasta se atreve con algunos pájaros. Esta tarea que tiene asignada por el Ayuntamiento de Zaragoza, junto a otras personas mayores desde hace tres años, le llena y satisface. Incluso le rejuvenece, porque a su edad, camino de los 82 años, se siente tan vital y activa que de ninguna manera entendería su vida sin participar en la sociedad a la que pertenece. "Los mayores podemos ser muy útiles a los demás. Pero creo que sería necesario un cambio de mentalidad y un esfuerzo por ambas partes. Por un lado, la sociedad debería intentar darnos la oportunidad de participar en lugar de arrinconarnos y, por otro, es fundamental, que los mayores cambien su chip, y se den cuenta de que pueden aprovechar sus energías y su experiencia en lo que sea para ofrecerlo". Natividad Hernández está convencida de lo que dice, porque ella misma lo aplica desde hace años, e incluso ha conseguido animar a otros colegas a que entren en esta dinámica activa. "Estoy convencida de que si participaran en algunas cosas, se aliviarían algo las listas de espera sanitarias y las consultas de los médicos no estarían tan masificadas. Mi sobrino, que es médico, me dice que muchas veces atiende a gente mayor que se encuentra mucho mejor que él. Y eso no puede ser. Si estuvieran más ocupados y comprometidos no les quedaría tiempo para sus dolencias y tomarían menos medicación", insiste.

Durante el curso escolar, Natividad acude una o dos veces a la semana al Parque Grande. Ahí, junto a dos guías mayores, atiende a los grupos escolares correspondientes que llegan en autobús entre las 9.30 y las 12.00 horas. "Es fabuloso, les hablas sobre las flores y se quedan fascinados. Te hacen mil preguntas, y casi siempre recibimos más de lo que damos".

Otras veces, esta mujer que parece tener un sensor especial con los pequeños, detecta que hay algún niño que realmente necesita contar algo que le perturba. "En esos casos, le dejas y simplemente le escuchas. Un día hablando de rosas, un pequeño me contó que su padre cuidaba de unos rosales en la caravana en la que se había ido a vivir, porque sus padres se acababan de separar, y se sentía algo apenado. Otro me preguntó si se podía sentar, que estaba muy cansado. No había llevado bocadillo y era muy mal comedor. Me enteré de que sus padres se estaban separando y llevaba una temporada viviendo con la abuela. Cada uno de los críos le dio un trocito de su bocata".

No es de extrañar, que haya días que Pilar vuelva a su casa y se sienta que ha sido útil, aunque sea por haber escuchado a un niño con algo que le inquietaba. Y es que no le faltan actitudes a esta zaragozana, que hace menos de cinco años que regresó de Portland, en Oregón, Estados Unidos y donde durante 18 años se ocupó de la crianza de cuatro niños, como ama de llaves en una familia americana "inmensamente rica". "Los padres estaban muy ocupados porque tenían muchos negocios que atender, y en la casa había jardinero, cocinera, chófer, personal de limpieza... La casa era tan grande que había 17 puertas que daban al jardín". Natividad tuvo que estar pendiente de la casa, del teléfono y, sobre todo, de los niños. Su dominio del inglés fue absoluto, aunque la gramática aún se le atraganta. "Había veces que volvían del colegio y los cuatro a la vez te querían contar todo lo que les había ocurrido".

Natividad, que durante su juventud en Zaragoza trabajó en la Tintorería de los Alemanes, dentro de la Base americana de la capital aragonesa, se enamoró y casó con un técnico de electrocardiogramas del hospital de la instalación americana y se fue a vivir a EEUU. Pero a los dos años de llegar, enviudó, y ella fue contratada como ama de llaves en una mansión, donde permaneció hasta su regreso. "Para mí ha sido más que una familia, a esos niños los he criado, los he visto crecer y hasta casarse. Los quiero con locura. En el colegio al que acudían afirmaban que tenían dos madres: una americana y otra española".

Dentro de poco tiene previsto hacer una visita a esta su familia. Mientras tanto sigue practicando inglés, aunque la gramática se le atraganta, en el centro de mayores de Pedro Laín Entralgo, al que acude también a clases de jardinería. El resto de tiempo lo dedica a cuidar de familiares, amigas y vecinas que necesitan compañía.