EN LA PRÓXIMA ENTREGA, QUE SE PUBLICARÁ MAÑANA, EL PERIÓDICO DE ARAGÓN EXPLICA CÓMO SE DESARROLLA LA VIDA DE MOUSSA SYLLAH EN EL REFUGIO, LA INSTITUCIÓN ZARAGOZANA QUE SE HIZO CARGO DE ÉL CUANDO LLEGÓ A LA PENÍNSULA TRAS UN PERIPLO DE TRES MESES.Canarias está cerca de las costas de África. Sin embargo, el senegalés Moussa Syllah, de 26 años, necesitó dos meses para ir de Dakar a Fuerteventura. Su ansiado viaje a Europa, huyendo de la miseria, resultó más complicado de lo que había previsto. "No podía ir en cayuco desde la costa senegalesa porque está muy vigilada por patrulleras de la Guardia Civil y de mi propio país", explica Moussa, que vive en El Refugio de Zaragoza desde el pasado mes de agosto. "Por eso decidí entrar en España pasando por Marruecos", afirma.Llegó al país magrebí por vía aérea, previo pago de 350.000 francos senegaleses (525 euros). Aterrizó en Casablanca y se dirigió, combinando el autobús y el tren, a Rabat y, más tarde, a Agadir, al sur del país. "En Agadir estaba el dueño del cayuco, un árabe que me pidió 2.500 euros por llevarme a las Canarias", explica Moussa.Ese dinero era todo el que había conseguido ahorrar en Senegal. Era también el precio que tenía que pagar por escapar de la miseria, pues en Dakar regentaba una pequeña tienda de comestibles que no daba para vivir.El árabe trasladó a un centenar de africanos de raza negra, entre ellos Moussa, a un polígono industrial situado a las afueras de Agadir, cerca de la costa. "Allí viví veinte días, a pan y agua, escondido en una fábrica", recuerda el inmigrante senegalés, que había salido de su ciudad con un amigo.El día de la partida de Marruecos, el pasado 26 de junio, el responsable de la red de inmigración ilegal dividió a los inmigrantes en dos grupos. A Moussa le correspondió un puesto en un cayuco donde se hacinaban 40 personas, entre senegaleses, malineses y mauritanos. A las cinco de la mañana, sigilosamente, dos embarcaciones salieron rumbo a Fuerteventura desde las playas de Agadir.En condiciones normales, la travesía dura unas horas. Sin embargo, las cosas pronto se empezaron a torcer. "Había oleaje y entraba mucha agua a la embarcación", relata Moussa. Para que el cayuco no naufragara los inmigrantes rompieron las botellas de agua mineral que constituían todos sus víveres y las utilizaron para achicar la nave. "Pasé mucho miedo porque pensé que iba a morir ahogado", reconoce.Perdidos en el marSus desventuras y las de sus compañeros no terminaron ahí, pues su embarcación se perdió el mar cuando aún no habían divisado Fuerteventura. "Afortunadamente, alguien nos vio desde otra embarcación y avisó a tierra para que vinieran a rescatarnos", cuenta el inmigrante. La Cruz Roja del Mar envió una barca con capacidad para recoger a los náufragos y trasladarlos a tierra firme. Allí Moussa recibió agua potable y una manta y fue internado en un campamento para cayuqueros."No me trataron mal", admite. "Me dieron de comer y de beber y una cama para dormir, pero me sentí como en una cárcel", dice.Peor suerte corrieron los ocupantes del segundo cayuco que zarpó de Agadir. "Su embarcación y la nuestra fueron juntas durante unas millas, pero llegó un momento en que la perdí de vista y ya no la volví a ver más en toda la travesía". indica Moussa. Más tarde se enteraría de que la embarcación se perdió en altar mar y que nunca se volvió a tener noticias ella.Máquina burocráticaCuando desembarcó en Canarias, hacía dos meses que Moussa había salido de Dakar.

"No podía ir en cayuco desde la costa senegalesa porque está muy vigilada por patrulleras de la Guardia Civil y de mi propio país""Por eso decidí entrar en España pasando por Marruecos"

"En Agadir estaba el dueño del cayuco, un árabe que me pidió 2.500 euros por llevarme a las Canarias"

"Allí viví veinte días, a pan y agua, escondido en una fábrica"

"Había oleaje y entraba mucha agua a la embarcación""Pasé mucho miedo porque pensé que iba a morir ahogado"

"Afortunadamente, alguien nos vio desde otra embarcación y avisó a tierra para que vinieran a rescatarnos"cayuqueros

"No me trataron mal""Me dieron de comer y de beber y una cama para dormir, pero me sentí como en una cárcel"

"Su embarcación y la nuestra fueron juntas durante unas millas, pero llegó un momento en que la perdí de vista y ya no la volví a ver más en toda la travesía"

"Nunca pensé que me iba a costar tanto tiempo llegar a España"