LA CUARTA ENTREGA DEL ´DIARIO DE UN INMIGRANTE´, QUE SE PUBLICARÁ MAÑANA, SE CENTRARÁ EN EL APRENDIZAJE DEL IDIOMA ESPAÑOL COMO FORMA DE INTEGRARSE EN LA SOCIEDAD. LA LENGUA ES FUNDAMENTAL PARA ENCONTRAR TRABAJO, IR AL MÉDICO Y RELACIONARSE EN EL PAÍS DE ACOGIDA.

Un día cualquiera, la jornada de Moussa Syllah empieza a las ocho de la mañana. A esa hora, José, el portero de El Refugio, abre la puerta de los dormitorios colectivos, enciende la luz y toca el timbre. Sacados del sueño con tan expeditivos métodos, los 50 transeúntes que pernoctan en la institución caritativa, entre ellos el senegalés Moussa, se ponen en movimiento.

Tras el aseo personal en los servicios de cada pabellón, a las nueve de la mañana se sirve el desayuno, que entre semana consiste en café con leche y churros. Los sábados y domingos, las galletas y las pastas sustituyen a los churros. "Yo ahora no desayuno ni como a mediodía", explica Moussa, que como buen musulmán suní cumple a rajatabla con el Ramadán. "Hasta pasadas las ocho de la tarde, no puedo tomar nada de comida", explica.

Terminado el desayuno, todos los que están alojados e El Refugio, en la calle Crespo Agüero de Zaragoza, salen a "buscarse la vida", una expresión que conocen todos los extranjeros, especialmente los cayuqueros hospedados en la institución.

La puerta del comedor se vuelve a abrir a la una y media del mediodía para los que almuerzan en El Refugio, que no son todos, dado que algunos de los internos comen en el lugar de trabajo. "Se come bien, puedes repetir las veces que quieras", afirma Antonio Bayod, un habitual de los hogares para transeúntes. Después de la comida, los internos disponen aún de algo de tiempo para ver la tele, leer y jugar al ajedrez o al dominó antes de salir a la calle.

Moussa lleva en este albergue, regentado por órdenes religiosas, dos meses largos. Al principio, recién llegado a la Península tras su paso por un campamento para inmigrantes de Fuerteventura, aprovechaba todo el día para buscar trabajo. Sin embargo, ante la falta de resultados, se fue desanimando poco a poco.

"En todas partes me decían que no podían contratar a un ilegal", señala Moussa, que no puede evitar que en su mirada se refleje cierta desesperanza.

Por eso, cuando regresaba a las ocho de la tarde a El Refugio, su humor no era el mejor para cenar. Y una hora más tarde, recorriendo los pasillos que llevan a su cuarto, un cubículo de puertas batientes, se sentía realmente mal.

Un día, aconsejado por los responsables de la entidad, decidió cambiar de rutina. Se apuntó a clases de lengua española para extranjeros en horario de mañanas y a un curso de fontanería que se imparte por las tardes en unos locales que la Fundación Federico Ozanam posee en el Casco Antiguo.

Indocumentado, con un castellano todavía rudimentario y sin dominar ningún oficio, eso es todo lo que Moussa puede hacer por el momento. Pero, a sus 26 años, este joven africano progresa rápidamente y pronto recuperará la moral que le permita salir a la calle en busca de un trabajo.