Para los aragoneses, los senegaleses son individuos de raza negra, llegados a España recientemente en cayucos o de forma legal, que se ganan la vida vendiendo baratijas, haciendo las tareas más penosas en el campo y trabajando de peones en la construcción. Pero, lejos de esta imagen simplificadora, Senegal es un país complejo, poblado por etnias muy diferentes que hablan varios idiomas. Eso es lo que trata de transmitir la Fundación Federico Ozanam en sus cursos de español para inmigrantes. En ellos, los propios senegaleses reciben nociones de la geografía, la historia y la cultura de su país, con el objetivo de que las difundan en sus relaciones con los españoles y otros extranjeros. Moussa Syllah, por ejemplo, es de la etnia uolof, que representa el 36% de los casi 10 millones de habitantes con que cuenta Senegal. Le siguen en importancia los peul y tukeler (23,2%), los serer (14%), los diola (5,5%) y los malinke (4,6%). Con 198.000 kilómetros cuadrados (cuatro veces Aragón), la población se concentra sobre todo en la costa oeste, donde se halla Dakar, la capital, con 1,7 millones de habitantes. El valle del río Senegal, que sirve de frontera con Mauritania, está en cambio muy despoblado debido al intenso tráfico de esclavos de siglos pasados. El interior, muy árido, lo habitan pueblos nómadas. La religión mayoritaria, implantada por la tribu bereber senega (de donde deriva el topónimo), es la musulmana sunita. La práctica el 94% de los senegaleses, a gran distancia del cristianismo (5%) y de distintos cultos animistas. Los idiomas más hablados son el uolof y el francés (fue colonia francesa hasta 1960), pero cada etnia posee su propia lengua.