Rajoy vino a los toros y vio una corrida descafeinada. Y encima, como los aficionados impacientes, tuvo que marcharse al quinto o se le escapaba el AVE. Pero antes de que todo eso pasara, tuvo tiempo de llevarse un homenaje cálido de muchos zaragozanos que, como las gaviotas que identifican al partido, le saludaron con cariño en la plaza del Pilar. Rajoy, que antes de ser tan serio tuvo fama de extraordinario ligón y buen juerguista, conocía las fiestas del Pilar de su época joven. Y ayer las revivió, aunque en traje de sport y con pasos más medidos que los que puede hacer cualquier veinteañero.

Visitó a la Virgen y se armó un revuelo en el interior del templo. Apenas pudo llegar a quince metros de distancia. Las cámaras y los simpatizantes del PP --mucha gente mayor y mucha gente joven bien puesta-- le atropellaban. Los que más sonreían eran Alcalde, Suárez, Canals y Fernando Martín ("un extraordinario alcalde", Rajoy dixit ), porque se habían apuntado un tanto trayendo a su jefe y consiguiendo su público apoyo. Algunos, como Antonio Torres llegaron tarde al vermú taurino en la plaza Santa Marta. Después, una comida en el mesón Campo del Toro. Una comida amigable, distendida y feliz. Sin ningún energúmeno como los que aparecieron en Martorell. Algún hippy con dos litronas de más le llamaba "Presidente". Y un senegalés convenientemente elegido por asesores de imagen le dio la mano protocolariamente, casi como se le da a un jefe de Estado. En la comida apareció Biel. Y se saludaron. Fue casualidad, dicen, pero Buesa se puso muy contento. Y, de parte de Rajoy, felicidades a todas las Pilares. Que pasen un buen día.