La asociación Aisa, que representa a los 2.000 senegaleses afincados en Aragón, posee un minúsculo local en el Casco Viejo de Zaragoza. Este espacio se ha convertido en el cuartel general desde el que se trata de ofrecer ayuda a la avalancha de senegaleses que han llegado a la comunidad durante los últimos diez meses: 300 remitidos en avión desde Canarias y un centenar que ha aparecido en Zaragoza tras recalar en otras ciudades españolas. "Estamos desbordados y necesitamos subvenciones para poder hacer algo", afirma Moussa Fall, su presidente, que vino a Zaragoza a estudiar a finales de los 90 y decidió quedarse a vivir en la capital aragonesa. El exiguo local de Aisa refleja las múltiples penurias que aquejan a la comunidad senegalesa en Aragón. "La mayoría de los senegaleses vivimos en Zaragoza, pero casi todos salen a diario de la ciudad para ir a trabajar a otros sitios, y eso hace que tengamos problemas de organización", explica Fall. Algunos senegaleses, los mejor formados y los que llegaron hace más años, están bien integrados en Aragón, poseen la nacionalidad española y tienen empleos estables que no les obligan a viajar continuamente en busca de trabajo. El problema es que son una minoría. "Nuestro objetivo es asentarnos y obtener la nacionalidad", dice Fall, que asegura que los matrimonios mixtos han producido ya los primeros afromaños. La asociación Aisa vela por los intereses de los senegaleses a través de una serie de comisiones dedicadas a la mujer, a la infancia, a la cultura y, desde hace poco, al problema de los cayucos. La comisión de cultura, en particular, desarrolla un gran esfuerzo para favorecer las relaciones con el resto de la sociedad.