En 1933, con la llegada de Hitler al poder, Kurt Goldstein, miembro de una acaudalada familia judía de la Cuenca del Ruhr y militante comunista, tras sufrir un primer arresto, del que pudo librarse por las influencias familiares, tuvo que huir a Luxemburgo y Francia. Pudo pagar su viaje a Palestina, 15.000 marcos alemanes, y allí le sorprendió la guerra de España. "Si quería regresar a mi país, primero tenía que luchar aquí contra el fascismo".

Como otros muchos compatriotas expulsados o perseguidos por el régimen nazi, se integró en la Brigada Thaelmän, la XI. "Éramos entonces personas sin patria y aquí encontramos una causa para luchar. Siempre pedimos estar en primera línea, porque cuanto antes termináramos con la guerra más cerca estaríamos de poder regresar".

En España combatió principalmente en Madrid, aunque la Thaelmän, como brigada de choque, intervino también en las principales batallas de la guerra, como Guadalajara y el Ebro.

Goldstein recuerda con pena cuando, en septiembre de 1938, se decidió repatriar a los brigadistas para contentar al Comité de No Intervención. "Fue una decisión de Negrín y, en Barcelona, Pasionaria pronunció un discurso de despedida que no he olvidado en mi vida. Pero yo no me iba. Los franceses, los mejicanos, los belgas, los rusos o los ingleses podían regresar a sus países, pero los búlgaros, los rumanos o los alemanes no teníamos dónde ir".

Tras trabajar en el hospital de Santa Coloma de Farnells, en noviembre volvió al frente con sus compañeros para ayudar en la evacuación de miles de españoles que intentaban pasar a Francia. También él tuvo que pasar la frontera, "y ese fue uno de los días más tristes de mi vida".

"En España, también defendíamos a Francia y pensábamos que nos iban a acoger como aliados, pero nos llevaron al campo de Saint Cyprien. Cuando empezó la segunda guerra, los brigadistas nos ofrecimos voluntarios al Ejército francés, con la condición de ser destinados al frente de batalla, pero nos quisieron enrolar en la Legión Extranjera para que fuéramos a Senegal y Argelia. Nos negamos, éramos voluntarios de la libertad, no mercenarios de la política colonial francesa".

La negativa valió a los brigadistas su ingreso en un campo de castigos, hasta junio de 1942, "cuando ese gran patriota y militar que era Petain nos entregó a la Gestapo, y los nazis me enviaron a Auschwitz", donde le grabaron en el brazo izquierdo el número 58.866 y le enviaron a trabajar en una fundición en un campo de apoyo.

"Organizamos una red de sabotaje en la fábrica. Los nazis nunca nos descubrieron, creían que los saboteadores eran los polacos", recuerda el brigadista, que también sobrevivió al campo de exterminio.

Goldstein explica que estuvo en Auschwitz hasta el 17 de enero de 1945. "Con la ofensiva de las Ardenas, Churchill pidió al cabrón de Stalin que atacara en el frente oriental y, aunque Himmler ya había ordenado destruir el campo y matarnos, no tuvieron tiempo de hacerlo por el rápido avance del Ejército Rojo. Entonces nos trasladaron a Buchenwald, en la marcha de la muerte. Salimos 3.000 y llegamos 500"

El brigadista dice que entonces todavía creía en Stalin, "pero cuando me casé en 1950, mi mujer me explicó que su padre, que fue a Rusia a combatir con Lenin, había muerto en una purga. Dejé de creer en él, pero no en el comunismo".

En Buchenwald participó en la rebelión del campo de concentración, el único que fue liberado por los propios presos. "Éramos 19.000 y todos suscribimos el juramento de Buchenwald, que consiste en que nunca dejaríamos de luchar hasta llevar al último fascista a los tribunales y vencer el fascismo".

Tras la guerra vivió en Berlín oriental, donde trabajó hasta su jubilación como periodista en Radio Deutschland y pudo cumplir una promesa que se hizo cuando veía exterminar a tantas mujeres y niños, que formaría una gran familia que reemplazase a los fallecidos. "Tengo cinco hijos y seis nietos. Una gran familia".