Es una mujer del medio rural aragonés, así que su lucha exige un plus de esfuerzo. Considera que se pueden hacer muchas cosas para fijar población en los municipios.

Rebeca Tricas es directa y clara. Lleva sobre sus espaldas una vida de trabajo duro y difíciles episodios personales. Pero lucha cada día por salir adelante y afrontar los problemas. Definición que podría ajustarse a muchas personas. Pero hay algo que la distingue de la mayoría aragonesa: es una mujer del medio rural, lo que exige un plus de esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a pagar. Ella sí, porque está "enamorada" de ese medio. Aunque cree que hay cosas que se deberían hacer para facilitar la vida en los pueblos y conseguir, realmente, que se fije población.

Vive en el municipio oscense de San Lorenzo de Flúmen, pueblo de colonización al que llegó hace varias décadas. "Si te casabas, te daban casa y lote, así que lo colgué todo para venir al pueblo", explica.

Ayer se conmemoró el Día Internacional de la Mujer Rural, lo que propició la celebración de diferentes actos. En una comunidad como la de Aragón, que concentra a la mayoría de su población en la capital --600.000 habitantes en Zaragoza, la mitad del total--, apostar por un pueblo no es fácil. Así que las clásicas frases hechas sobre la conciliación de la vida familiar y laboral necesitan más palabras para explicar que en el campo la escasez de servicios dificulta aún más las cosas.

Rebeca era ganadera y agricultora, además de madre de tres hijos. "Durante años, vendí leche y cultivé la tierra", recuerda. "Después, como ninguno de mis hijos quería seguir, dejé la leche. Ahora soy agricultora. Cultivo maíz, alfalfa, girasol y cebada, además de mi huerto. El riego por aspersión ha facilitado mucho las cosas".

Antes no era así. "Siempre me ha ayudado mi marido, sobre todo ahora, que no puedo ponerme a labrar con el tractor. Pero del riego me ocupo yo", cuenta. Después de un grave accidente de tráfico que sufrió hace tres años --y por el que perdió la capacidad de andar durante tres meses-- el traqueteo del tractor no le resulta soportable, pero cuando le tocó ponerse al volante de esa máquina, lo hizo. "Se me daba bien", asegura.

Se levantaba a diario a las cinco de la mañana. "Así podía dejarlo todo organizado y a los niños preparados antes de irme al campo", comenta. "Siempre me ha bastado con dormir cinco o seis horas".

Habla con ánimo de su día a día, pese a que sus semanas fueran mucho más largas que las de 35 horas. Y, a sus 56 años, una vez que sus hijos ya han hecho su vida, se ha embarcado en otras aventuras. Ha logrado, con otras compañeras, promover la construcción de una ermita en el pueblo. Y está en una asociación cultural que da cobijo a un taller de cerámica. También presidió la asociación de amas de casa. Y es socia de Afammer, la Asociación de Familias y Mujeres del Medio Rural, una de las más activas en la reivindicación del papel de la mujer en el campo.

Cuando se le pregunta por aquello que sería necesario mejorar, lo tiene claro. Y lo expresa a su manera. "Creo que habría que empezar por darnos algunos beneficios. Si queremos hacer artesanía, no hace falta que nos den nada, pero que no nos cobren de más con los impuestos, sino que tengamos que pagar por el trabajo real".

Además, ve fundamental que en los municipios haya residencias para mayores, que se fomente la llegada de empresas a los pueblos y que se impulsen sustancialmente las comunicaciones. Y ella no se queja ("lo básico, lo tengo todo"), pero eso no es óbice para que se hagan las cosas mejor.