Empezó siendo una modesta idea de un grupo de voluntarios. Y este año el Rastrillo Aragón de la Fundación Federico Ozanam cumple dos décadas. El 27 de octubre se inaugurará en Zaragoza esta edición de aniversario que ya tiene trabajando en la retaguardia a 900 voluntarias. Y entre los habituales stands, donde se encuentra un poco de todo; entre los delantales rojos, que visten quienes colaboran con la causa, habrá espacio para la celebración con un programa especial que se presentará la próxima semana. Hoy, el rastro, con sus 32 puestos y su sabrosa cafetería, poco tiene que ver con aquel mercadillo que, durante unos años deambulaba por Gran Vía, La Chimenea y hasta la antigua Feria de Muestras. Hoy, también Ozanam ha crecido, convirtiéndose en una fundación que tiene a más de 300 profesionales en plantilla y que trabaja atendiendo a sectores tan diversos como la tercera edad, los inmigrantes o la infancia.

"La fundación se ha profesionalizado, pero sin dejar a un lado ese espíritu de ayuda que siempre nos ha movido", explicaba ayer Enrique Santamaría, presidente de la entidad. "Van surgiendo nuevas necesidades, siempre hay cosas por hacer... Y este rastrillo aún significa mucho para algunos de nuestros proyectos".

Este rastro, que también es un lugar donde encontrar oportunidades para compradoras, también ha crecido gracias a la colaboración de empresas y particulares que aportan desde productos nuevos a obras de arte (como un cuadro de Isabel Guerra que permitió aumentar la caja del 2005). Son muchos los donantes anónimos y las pequeñas historias que se van hilvanando en este mercadillo, hoy instalado en el Auditorio de Zaragoza. Son muchas las voluntarias. "Algunas aguantan la jornada entera y, a veces, no sabemos cómo lo logran", dice Santamaría. Gente joven o veteranas como Pilar Ríos --o como lo fue su recientemente fallecida hermana, María Luisa, una de las ausencias de este año, junto a Asunción San Juan y María Pilar Ribot-- que fueron el alma del rastrillo.