Ni siquiera los mayores de Longás fueron testigos del oficio que hace más de un siglo les regaló su apodo, los peceros. Una de sus calles lleva por nombre Pezuelo, e incluso dos parajes cercanos a la localidad son conocidos como Los Hornos de Pez y Paco Fornazo.

Todas estas curiosidades tienen un denominador común que un centenar de lugareños y curiosos conocieron ayer. La elaboración de la pez, una brea obtenida de la combustión de la madera de pino, que supuso el sustento de numerosas familias durante décadas. Esta valiosa sustancia se comercializaba para marcar al ganado, impermeabilizar botas de vino y grandes embarcaciones. Con la llegada del petróleo, el producto fue desapareciendo, al igual que el oficio.

La escasa documentación existente revela que los habitantes de Longás llegaron a producir unas 700 arrobas de pez al año, equivalente a 9.000 kilos en la actualidad. "La recopilación de datos ha sido dura, ya que ningún pecero real sigue vivo, pero jóvenes y mayores se han volcado", explicó Alberto Fuentes, presidente de la Asociación Cultural Chinela, impulsora de la actividad.

Incluida en la Ruta de Oficios y Tradiciones que promueven los grupos de acción local Adefo Cinco Villas y Cider Prepirineo, junto con la Comarca, la jornada incluyó una ruta senderista y la inauguración de un horno subterráneo. Los presentes pudieron ver una demostración práctica del proceso. Los tocones, cortados en pequeñas piezas, se introducen en el horno, los de la parte superior se prenden y se cubre con losas. De esta forma, el calor se expande de arriba hacia abajo y la combustión es lenta. La resina se desliza a través de un conducto subterráneo que, tras 24 horas, habrá acumulado la pez caliente, lista para enfriarla y cortarla para llevar.

Longás recuperó su calma habitual al final del día, con la caída del sol a los pies de su mirador, sabiendo que sus habitantes y visitantes habituales de fin de semana son desde ayer un poco más peceros.