El mismo menda que usa el coche hasta para ir al retrete (y por supuesto lo aparca en doble fila allá donde le place) protesta luego amargamente de lo mal organizada que está la circulación en Zaragoza. El tráfico importa mucho en esta ciudad de mis amores. Aquí la propia Universidad convirtió su campus en un asqueroso aparcamiento de superficie, y algunos profes de la Escuela de Artes (que hoy defienden con uñas y dientes la excelsa integridad de su centro) se las arreglaron para que se echase abajo la verja que rodeaba el edificio y así poder disponer de parking seguro y gratuito. La buena gente se empeña en adquirir un unifamiliar de los que se levantan como setas en los barrios rurales, y no calibra que eso está a varios kilómetros de su trabajo; es decir, que los desplazamientos le llevarán fácilmente un par de horas diarias. Todos vuelven sus ojos hacia los responsables políticos de la cuestión y reclaman alternativas mágicas. Pero pocos asumen que estamos ante un problema cuya solución atañe no solo a quienes gobiernan sino a la ciudadanía en su conjunto. Ahí está la madre del cordero.

Zaragoza está colapsada por la simple razón de que es una ciudad mal planificada y cuyo vecindario está pésimamente educado. El caos del tráfico no es en sí mismo la enfermedad; es sólo el síntoma de que aquí reina el descojone urbano, el individualismo motorizado y la sinrazón. Vamos a celebrar una Expo sobre la sostenibilidad en una ciudad insostenible (claro que esta Expo cada vez me provoca más dudas, pero de eso ya hablaremos otro día).

En Zaragoza hay más de trescientos cincuenta mil coches y la mayoría salen a la calle cada jornada. La obsesión por disponer de viviendas y equipamientos en el remoto extrarradio ha potenciado el uso del automóvil. Para colmo se ha gestado una especie de área metropolitana sin orden ni concierto ni red de transportes. Esto es un desastre. Pero, ojo, lo hemos provocado entre todos.

(Continuará)