Me preguntan sobre la Expo de Zaragoza personas que no me ven (más bien que no me leen) muy entusiasmado con el tema. Y les respondo que sí, que sigo creyendo en el interés de la Exposición Internacional y en la importancia que la cita del 2008 ha de tener para Aragón y su capital... Pero que no, que no acabo de ver el tema claro (aunque en verdad éste es sólo uno de los asuntos capitales que servidor de ustedes contempla con creciente inquietud).

¿De qué recelo? Bueno, digamos que me embarga no tanto una sospecha como una mala sensación. Es igual que si vas en bicicleta por la carretera, a la altura de Jaulín, empiezas a subir a Fuendetodos y a la segunda rampa te notas las piernas medio vacías. Ojito. Pues lo mismo me pasa con la Expo y el 2008. Percibo que los objetivos iniciales han sido sensiblemente rebajados, que las campañas de promoción apenas existen cuando ya entramos en una etapa crítica, que los contenidos no están definidos ni responden a criterios claros y a propuestas atrayentes (se equivoca quien piense que la gente va a venir en masa a pasear por una especie de parque de atracciones salpimentado de modernidades arquitectónicas), que la vertiente naturalista y medioambientalista del proyecto se está desdibujando a favor de manidas atracciones de feria, que la proliferación del mejillón cebra multiplica las dudas razonables sobre la idoneidad del azud en el Ebro, que el staff responsable de preparar el acontecimiento es demasiado foráneo y poco brillante, que el susodicho staff se apoya con excesiva frecuencia en expertos que ya vienen rebotados del fracaso del Forum barcelonés, que las empresas y profesionales de la tierra están siendo orillados muy a menudo, que las diversas instituciones aragonesas no van de la mano en este proyecto, que el 2008 va a ser utilizado como fácil munición en la próxima contienda electoral... No sé, no sé.

Y el caso es que no sería difícil poner a Zaragoza y Aragón de moda. El momento es bueno y de hecho ya se han producido algunos indicios esperanzadores. Si sólo creyésemos un poco más en nuestras propias posibilidades y si tuviésemos unos jefes más espabilados, seguro que nos luciría más el pelo (sobre todo echándole un poco rasmia y lavándonos el tupé con un enérgico anticaspa). Mantengamos, pues, la esperanza.