Si no fuese por lo que es, sería de mucha risa. Ayer mismo un colega me preguntó si iba a comentar el hecho inaudito de que don José Ángel Biel aspire simultáneamente a ser presidente de Aragón y alcalde de Zaragoza. Y le contesté que ya no sabía qué decir al respecto. ¡Pero esto no es serio!, insistió mi compañero. Por supuesto que no lo es, le dije yo muy tajante. ¿O qué?

Lo de Biel es una extravagancia política. Lo de nuestro Estatuto (tan fino, tan educado, tan correcto y tan alabado por todos) es una muestra de cómo somos capaces de tropezar una y mil veces en la misma piedra para quedarnos siempre por detrás de las demás naciones, realidades nacionales, reinos y pueblos de España. Lo del Seminario, sus obras y sus derribos es un pitorreo, una muestra de nuestra extraordinaria levedad institucional y un indicador del nivel profesional que se gastan nuestros altos técnicos municipales (¡que nos pasemos los días discutiendo sobre unos muros y paredes que jamás valieron un pepino y cuyo destino no era otro que venirse bajo!). Y lo de los bienes de la Franja es como un auto de fe (y nosotros con el sambenito) o uno de los misterios dolorosos del Santo Rosario.

Pero muchos de nuestros conciudadanos andan a vueltas con estos temas como si fuesen la mundial. No entienden, por ejemplo, que los bienes religiosos de las parroquias del Este (de Aragón, se comprende) tardarán muchos años aún en volver a su sitio... Si vuelven. Ya lo ha dicho Maragall, haciéndole un último favor a nuestro Marcelino: Éste será un litigio cuasi eterno. Las diversas instancias del laberíntico sistema judicial o legal de la Santa Madre podrán decir misa (es obvio), pero mientras no exista un mecanismo coercitivo para coger los retablos y las tallas, retirarlos de su actual emplazamiento, embalarlos y traerlos a Barbastro (bajo protección policial, claro) seguiremos como estamos. Por los siglos de los siglos... Amén.